El pan de muerto suele ocupar un lugar fundamental en nuestras mesas durante esta temporada. Su aroma, textura, sabores y las formas que lo distinguen nos recuerdan que la comida mantiene viva una tradición y la memoria. Pero ¿qué sucede cuando deja de tener su forma habitual para convertirse en un objeto de diseño? Este año, Rodrigo Noriega decidió explorar esa posibilidad a través de un jarrón y un bowl elaborados con pan de muerto. Estas dos piezas conservan la receta y elementos característicos del pan de muerto, pero adquieren nuevas dimensiones a partir de un ejercicio “divertido”, como Rodrigo lo llama, haciendo sinergia con la panadería.
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La propuesta forma parte de una tradición que el diseñador mexicano comenzó hace cinco años, motivado por su interés en honrar el Día de Muertos desde su propia disciplina, esencia y estilo. Desde entonces, cada edición ha sido una oportunidad para explorar materiales, técnicas y oficios que forman parte de esta tradición.

El Día de Muertos es una de las tradiciones mexicanas —y familiares— más importantes que Rodrigo recuerda desde sus primeros años de vida: durante su infancia, esta celebración se vivía en casa de su abuela, entre la preparación del altar y una cena familiar con un menú especial del que todavía recuerda el pastel azteca. Halloween no formaba parte de aquellas celebraciones, aunque los niños sí llegaban a pedir dulces. Su abuela los recibía con una condición: antes tenían que pasar a conocer la ofrenda. Esa dinámica se replicaba en las casas de alrededor.
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Aquellos recuerdos permanecen en la memoria de Rodrigo y también en sus creaciones. Durante el segundo año del proyecto, tras el fallecimiento de su abuela, decidió recuperar algunos objetos que ella le había regalado para fundirlos y darles una nueva forma. Fue un ejercicio en el que recordar también significaba transformar, crear algo nuevo a partir de aquello que había permanecido.
A lo largo de estos años, Noriega ha encontrado distintas maneras de acercarse a los elementos que acompañan nuestras ofrendas. Su primera colección estuvo dedicada a los objetos de luz, elaborados en colaboración con un taller de cerería. Más adelante llegaron los Guardianes de azúcar, realizados junto a Hermanos Jiménez, un taller especializado en la elaboración tradicional de calaveritas de azúcar. Después exploró las posibilidades del papel picado junto al maestro Alejandro, originario de Metepec, y posteriormente trabajó con tierra de un campo de cempasúchil, mezclándola con una resina de origen biológico y flores para crear nuevos recipientes.

Más que reinterpretar los símbolos de la celebración, su interés está en los materiales y en las manos que los trabajan. Cada proyecto comienza con una investigación que lo lleva a conocer talleres, experimentar con técnicas y comprender procesos que, aunque forman parte de nuestra vida cotidiana, pocas veces nos detenemos a observar.
Como explica Rodrigo, se trata de “una necesidad de crear y de transmitir, comunicarnos por medio de objetos”, una forma de expresión que también busca dar visibilidad a conocimientos y procesos que cada vez observamos menos.
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Esta curiosidad lo llevó este año a Azúcar y Sal, una panadería de barrio ubicada a unas cuantas calles de su estudio, en la colonia Juárez de la Ciudad de México. Es un establecimiento al que suele acudir por pan y que, durante esta temporada, produce alrededor de 400 piezas de pan de muerto al día, además del resto de su producción habitual.
La colaboración representó un encuentro entre dos disciplinas que, aunque parecen distantes, comparten más de lo que imaginamos. Acostumbrado a trabajar con cerámica y a desarrollar piezas para restaurantes y chefs, Rodrigo encontró ciertas similitudes entre la elaboración de moldes cerámicos y los procesos necesarios para dar forma al pan.

Sin embargo, trabajar con una masa que fermenta, crece y cambia durante el horneado exigió comprender nuevas variables. Junto con el equipo de Azúcar y Sal, desarrolló una fórmula especial que permitiera conservar la estructura del jarrón y el bowl, calculando proporciones, pesos y tiempos para conseguir que las piezas adquirieran la forma deseada.
Para Rodrigo, uno de los descubrimientos más interesantes fue observar de cerca el conocimiento de quienes trabajan diariamente en la panadería: desde la precisión con la que se calculan las cantidades de harina, levadura y azúcar hasta pequeños gestos del proceso, como untar mantequilla sobre el pan recién horneado para que el azúcar se adhiera a su superficie.
También fue necesario encontrar la manera de experimentar sin interrumpir el ritmo de producción del establecimiento. Esta consideración ha acompañado al diseñador en sus distintas colaboraciones, pues muchos de los talleres atraviesan sus temporadas de mayor actividad precisamente durante las semanas previas al Día de Muertos.
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Así, detrás de cada pieza están los conocimientos, las pruebas, los errores y las personas que hicieron posible su elaboración. Y aunque el jarrón y el bowl evocan objetos utilitarios, su naturaleza es distinta. Están hechos de pan y, por lo tanto, pueden comerse. Esta característica también plantea una reflexión sobre la permanencia de aquello que creamos.
A lo largo del proyecto, Rodrigo ha trabajado con materiales que inevitablemente se transforman. Las velas se consumen al encenderse, las flores pierden su color con el tiempo, el azúcar puede quebrarse y ahora el pan encuentra su destino al ser compartido y comido.
Para el diseñador, esta condición no representa necesariamente una pérdida, sino una parte natural de la existencia de los objetos. “Naces, mueres y naces y mueres, como el ciclo de la vida”, reflexiona al hablar de sus creaciones, que también nacen de una idea, crecen durante su desarrollo y eventualmente pueden dejar de existir.
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Cinco años después de comenzar este proyecto, Noriega continúa encontrando nuevas posibilidades en los elementos de una tradición que conoce, vive y siente desde la infancia. Y aunque cada colección tiene una materialidad distinta, todas comparten el interés por reconocer los oficios y a las personas que hacen posible que estas costumbres permanezcan.
Cuando te encuentras a alguien que tiene la misma pasión que tú por sus tradiciones, los proyectos fluyen muy bien”.- Rodrigo Noriega

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