Hay parejas que trabajan juntas y otras que construyen un proyecto de vida. Ana Luisa Suárez y Mauricio Lamadrid pertenecen a esta última categoría. Desde hace casi dos décadas son el rostro de Wagner Family of Wines en México, responsables de introducir y consolidar algunas de las etiquetas más emblemáticas de Napa Valley en un mercado que, cuando ellos llegaron, seguía mirando casi exclusivamente hacia Europa.
Pero antes de convertirse en referentes del vino californiano, había dos historias completamente distintas que terminaron encontrándose en el momento preciso:
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Antes de ser conocidos como “los Wagner”, ¿quiénes eran Ana Luisa Suárez y Mauricio Lamadrid?
Ana Luisa Suárez: Yo soy ensenadense, de Baja California, y crecí en un entorno vitivinícola. Mi abuelo paterno fue perito de la bodega Santo Tomás y autorizaba el vino de consagrar para la iglesia. Creo que desde ahí traigo el vino en el ADN. Desde niña me gustaba oler una copa, probar, imaginar aromas. Desde los 16 años sabía que algo con el vino iba a hacer.
Estudié Administración de Empresas, pero me fui un año de intercambio a Santiago de Chile y ahí dije: “Lo mío es el mundo vitivinícola”. Regresé a México y le dije a mi papá que quería estudiar enología. Me dijo: “Demuéstramelo”. Entonces entré a trabajar a Domecq, en el Valle de Guadalupe, cuando todavía era un valle muy distinto, con pocas bodegas y una generación de pioneros que empezaba a moverlo todo.
Mauricio Lamadrid: Yo venía de un mundo completamente comercial y empresarial. Estuve en Coparmex, en jóvenes empresarios, y después entré a Cemex. Cemex fue una gran escuela: disciplina, estrategia, liderazgo, ventas. Era una empresa mexicana de primer mundo. Ahí crecí mucho profesionalmente.

¿Cómo se conocieron?
Ana Luisa: En realidad, nuestros mundos siempre estuvieron cerca. Éramos de Ensenada, teníamos amigos en común, pero Mauricio me lleva seis años y eso de jóvenes era una diferencia enorme. Cuando yo jugaba con mis amigas, él estaba con los hermanos mayores tocando batería.
Nos encontramos en una boda, luego salimos un tiempo, pero no era el momento. Yo quería salir, viajar, estudiar; él ya estaba en otra etapa. Nos dejamos de ver y años después nos reencontramos en un viaje. Yo ya estaba muy metida en el Valle de Guadalupe y él seguía en Cemex. Ahí sí embonamos.
¿Cuándo empieza la historia con Wagner Family of Wine?
Ana Luisa: Estábamos viviendo en Sonora. En 2005 hicimos una cata para empresarios sonorenses, presentando vinos de Baja California que en ese momento casi nadie conocía. Ahí estaba Chuck Wagner. Yo no vendía esos vinos; los presentaba por amor al arte, porque eran de amigos y gente de Baja California que admiraba.
Chuck vio mi perfil y me propuso desarrollar el proyecto de importación en México. Había que empezar desde cero: padrón de importadores, permisos, marbetes, leyes aduaneras, logística. Fue un año intensísimo.
Mauricio: Además, Sonora era un estado muy caliente y había una preocupación real: que los vinos llegaran maltratados por la temperatura. Había que cuidar todo.
Chuck nos dijo una vez: ‘El día que no los vea sonriendo, me voy a preocupar’. Y aquí seguimos”.- Ana Luisa Suárez
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¿Cuándo llegó el primer camión?
Ana Luisa: En marzo de 2007 cruzó el primer camión cargado de Caymus, con 1.200 cagas de 12 botellas cada una. Ahí dijimos: “Ya tenemos producto, ahora hay que venderlo”. Empecé a tocar puertas en Sonora, Baja California, Los Cabos, La Paz. Después vino Ciudad de México.
¿Cómo fue abrir mercado para vinos californianos premium en México?
Mauricio: Durísimo. En 2011 no había una cultura fuerte del vino californiano. Si una botella costaba dos mil pesos, muchos decían: “Mejor compro un buen Ribera o un buen Rioja”. Había mucho viejo mundo en las cartas. California no tenía el lugar que tiene hoy.
Ana Luisa: Fueron portazos y cortazos. Pero también hubo gente que entendió rápido. Enrique Olvera fue de los primeros en interesarse. Grupo Presidente nos abrió una puerta importantísima. La Embajada de Estados Unidos también fue clave. Mauricio hizo alianzas con restaurantes, hoteles, cavas privadas, revistas, eventos. Fue un trabajo titánico.

¿Cuál fue la estrategia?
Mauricio: No quisimos entrar a grandes tiendas. El inventario era limitado y el producto necesitaba cuidarse. La estrategia fue restauración, hoteles, resorts premium y clientes directos. También hicimos muchas catas a ciegas. Poníamos un vino de viejo mundo y uno de California para que la gente probara sin prejuicio.
Ana Luisa: Había que explicar que el mundo del vino es muy amplio. Napa no es “Estados Unidos” en abstracto. Napa tiene un terruño, una historia, una diversidad de suelos impresionante. Había que contar eso.
¿Cómo entra Rolu en la historia?
Ana Luisa: Rolu es una historia preciosa. Luis Rodríguez, mexicano, llegó a trabajar al campo de Caymus hace más de 25 años. Empezó cosechando uva, vendimiando, preguntando siempre qué estaba haciendo. Chuck Wagner vio algo especial en él y lo fue acercando a su equipo hasta convertirlo en su brazo derecho.
En un viaje a Baja California, Luis descubrió San Vicente: arcilla, agua, condiciones especiales. Le pidió a Chuck la oportunidad de hacer vino. Chuck le dijo: “Si lo vas a hacer, hazlo bien. Regrésale a México todo lo que yo te he enseñado”. Así nació Rolu. Para nosotros ha sido un orgullo posicionarlo en México y ponerlo en el escaparate correcto.
No quisimos entrar a grandes tiendas. El inventario era limitado y el producto necesitaba cuidarse. La estrategia fue restauración, hoteles, resorts premium y clientes directos”.- Mauricio Lamadrid
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También trabajan etiquetas vinculadas con Argentina y Australia. ¿Cómo se explican esos proyectos?
Ana Luisa: Red Schooner nace porque a la familia Wagner le gusta mucho el Malbec, pero en California no se daba como ellos querían. Entonces fueron al Valle de Uco, en Argentina, buscaron viñedos con el estándar de calidad Wagner y decidieron hacer algo muy loco: cosechar la uva, congelarla entera y llevarla hasta California para vinificarla allá.
Mauricio: No trasladan el jugo, trasladan la uva entera congelada. Es una locura logística, pero también una muestra de cómo piensa la familia Wagner: siguen innovando, siguen arriesgando.
Ana Luisa: Transit viene de Australia, de buscar un perfil más europeo, más del Ródano, con Shiraz, Cabernet, Mourvèdre y Mataro. Es una forma de entender el vino sin quedarse quietos.
¿Cómo combinan empresa, viajes y tres hijos?
Ana Luisa: Ha sido una tarea titánica. Para mí ser mamá fue un parteaguas. Me gusta estar presente y también me gusta trabajar. Mauricio y yo aprendimos a organizarnos por etapas. Cuando eran pequeños teníamos ayuda, pero siempre quisimos que sintieran a sus papás presentes.
Nuestros hijos se han adaptado a nuestra vida. Si vamos a una cata, saben comportarse. Si estamos en un restaurante y hay mole, ceviche o pulpo, eso es lo que hay. Nunca fueron niños de nuggets.

¿En casa se habla de vino?
Mauricio: Mucho. Lo ven todos los días, pero también hablamos de responsabilidad. Es alcohol y lo saben. Si catamos varios vinos, no manejamos. Hay disciplina.
¿Qué admiran uno del otro?
Ana Luisa: De Mauricio admiro su tenacidad, su claridad y su determinación. Desde que lo conozco sabe hacia dónde va.
Mauricio: Yo admiro de Ana su sonrisa, su alegría, sus ganas de vivir, su educación y los valores que les da a nuestros hijos. Nos divertimos mucho. También nos enojamos, claro, pero nos reímos.
El mayor reto fue ser mamá y empresaria al mismo tiempo. Nunca dejé de trabajar”.- Ana Luisa Suárez
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¿Cuál ha sido el momento más difícil?
Mauricio: Dejar una carrera estable en Cemex y llegar a Ciudad de México con una marca que nadie conocía. Había miles de vinos y nosotros éramos uno más. Había que demostrar que podíamos vivir de esto.
Ana Luisa: Para mí, el mayor reto fue ser mamá y empresaria al mismo tiempo. Nunca dejé de trabajar. También han sido duros los impagos, que en México son una realidad dolorosa para los distribuidores. Pero seguimos.
¿Cuál es el secreto?
Ana Luisa: La complicidad. Primero somos amigos. Nos gusta sumar, no restar.
Mauricio: Y seguir sonriendo. Chuck nos dijo una vez: “El día que no los vea sonriendo, me voy a preocupar”. Y aquí seguimos.

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