
En una Roma que no deja de reinventarse, la noche volvió a encenderse con ese pulso gastronómico que confirma a la Ciudad de México como uno de los epicentros de la vanguardia culinaria. Bajo un aire cálido, suavizado apenas por la promesa de una velada memorable, Madonna abrió sus puertas a un encuentro que cruzó fronteras: una cena a cuatro manos entre el chef Marco Carboni y Juan G. Pérez (Juangpizza), chef ejecutivo de Posto Boston. Dos visiones, dos ciudades, un mismo lenguaje: la pizza como lienzo contemporáneo.
Marco Carboni, un cocinero de Italia para el mundo
Ambos nombres no sólo dialogan desde la cocina, también lo hacen desde el reconocimiento global. Tanto Madonna como Posto Boston figuran en el ranking de The Best Pizza Awards 2025, una plataforma impulsada por The Best Chef que celebra las expresiones más destacadas del mundo pizzero.


Desde la primera copa —un refrescante Tom Collins que alivió la insistente tibieza primaveral— la noche dejó ver su intención: equilibrar técnica, producto y sensibilidad. Las entradas marcaron el tono con precisión. Por un lado, una burrata fresca con sandía y una delicada infusión de miel con trufa, creación de Juan, que jugó entre lo dulce y lo lácteo con elegancia. Por el otro, un camarón a la robata con limón amarillo y una “salsa secreta picosa”, firmado por Carboni, que adelantaba con sutileza la intensidad que vendría después.
El corazón del menú, como era de esperarse, giró en torno a la pizza. Carboni presentó dos flatbreads que condensan su filosofía: una masa que se aleja de etiquetas —ni napolitana ni romana—, construida a partir de harinas libres de glifosato, alta hidratación y fermentaciones prolongadas de hasta 72 horas. Su primera propuesta fue profunda y vibrante: nduja —ese embutido calabrés de carácter picante y textura untable—, ricotta de rancho, limón preservado y salmoriglio, en una combinación que oscilaba entre lo untuoso y lo cítrico. La segunda, en contraste, fue luminosa y vegetal: una pizza blanca con espárragos, zucchini, flores de temporada y un sutil aceite de jalapeño que conectaba con México.


Desde Boston, Juan desplegó su maestría en la pizza napolitana con dos interpretaciones que celebraron el producto de temporada. La primera combinó higos, crema de queso de cabra, prosciutto, arúgula y un toque de vinagre balsámico, logrando un balance entre dulzor, acidez y salinidad. La segunda reinterpretó la clásica margherita con jitomates criollos, flor de cilantro y ajo confitado, aportando una capa aromática inesperada y profundamente expresiva.
La esencia de Nápoles servida en la mesa: así es Ardente
El cierre fue un guiño cómplice entre ambos chefs: un tiramisú de fresa que reinterpretó uno de los clásicos de Madonna, fusionando ambas miradas en un mismo postre. Con coulis de fresa y limón, notas de menta, cardamomo y polvo de frambuesa —y servido, fiel al espíritu de la casa, en una moka pot—.
Más allá de los sabores, la noche confirmó algo esencial: este tipo de encuentros no sólo celebran la cocina, también son plataformas para el intercambio de ideas, técnicas y visiones. En una CDMX que no deja de evolucionar, cenas como esta consolidan a la escena gastronómica local como un espacio en constante diálogo con el mundo, donde el talento —local e internacional— encuentra un terreno fértil para reinventarse.

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