El mexicano que fabrica cuchillos que viajan a todo el mundo

La herrería fue el escenario de Don José Ojeda, donde desarrolló el arte de hacer cuchillos.

Sus carcajadas son tan emocionantes como los cuchillos que elabora desde hace varias décadas en Sayula, Jalisco.

“Entonces para usted no aplica el viejo refrán: ‘En casa de herrero, cuchillo o azadón de palo’,”…. “No pues como, si ya vamos en la generación decimocuarta de herreros en mi familia”, me responde entre risas Don José Ojeda, mientras charlamos una tarde en su taller en la calle Daniel Larios de este Municipio en el centro-sur del Estado, famoso por Juan Rulfo, sus cajetas y sus cuchillerías.

Tiene 87 años y desde el inicio me deja claro que su oficio lo trae en la sangre y lo heredó a sus hijos y nietos. “Es emocionante ver cómo aparece el cuchillo, ya cuando tienes la pieza terminada y la ves en tus manos es cuando piensas: ¡cómo es posible que esto suceda!”.

Históricamente esta zona del país fue hogar de herreros desde la llegada de los peninsulares cuando se formó la llamada Provincia de Ávila, siendo Sayula su capital. Estos españoles viajaron con saberes en el dominio del hierro y a mazazos la historia de muchas familias tomó su rumbo, como la de Don José.

“Mi abuelo Modesto nació en Colima y tuvo que migrar a Ciudad Guzmán (Jalisco) por un temblor muy fuerte que casi acaba con la familia Ojeda, sólo quedó mi bisabuelo y él. Ahí nació mi papá Rafael, tiempo después se mudó para acá, y sus 10 hijos nacimos aquí, pero siempre entre herreros”, me narra. Y de eco las voces de más de 17 hombres y mujeres que entre el taller y la tienda se ocupan de producir estos cuchillos que viajan, incluso, a países europeos.

Su bisnieta de 14 años Mía llega con un par de vasos con agua helada, pues el calor aprieta, interludio que le da la oportunidad de contarme sobre la visita del director de cine Guillermo del Toro, quien le compró una navaja, otra de las especialidades de los Ojeda.

“Lo felicité por lo famoso que era, y me dijo: ‘no, más famoso es usted, porque todos venimos a verlo, yo vine, usted no iba a ir a verme’”, recuerda Don Josecito como le dicen de cariño familiares y clientes.

Además de la anécdota de Del Toro, no tarda en mencionarme que su apellido al igual que su oficio procede de uno de los conquistadores, un español que según lo leído por él, era un escribano.

Espíritu de hierro

Un poco de locura, un tanto de terquedad y mucho de talento nato forjaron la personalidad de Don José, y no se jacta de eso, al contrario, dice lo define.

“Yo no tengo título de primaria, más bien creo que me faltó un engrane”, reflexiona a carcajadas, “mi mente no era para estar quieta. Todo el tiempo que tenía libre estaba pensando en cómo hacer nuevas cosas”.

Y fue precisamente esa “locura” por lo nuevo y escuchar su voz interior que entendió desde pequeño a lo que había venido.

“Cosa rarísima. Sé que se debe a consejos de mi abuelo Modesto. Él me decía que la gente, la que quería era pobre, y la que quería era inculta. Y como yo sabía que quería ser herrero como mis antepasados, desde muy pequeño procuré siempre conocer más y observaba mucho a quien fue mi maestro, el tío Salvador. No tenía hijos y decidieron que yo me criaría con él, y gracias a eso tuve un poco más de oportunidades y, sobre todo, fui su ayudante en la herrería”.

Cuchillos y dagas pequeñas fueron sus primeras ventas por el pueblo de Sayula, mientras expectante su tío le enseñaba cómo hacer herrajes para carretas jaladas por bueyes o carretones tiradas por mulas, a los que se sumaron arados y herraduras de caballos.

El punto de quiebre fue cuando Salvador le regaló un rifle de postas, y se apasionó por las armas y su fabricación. Muchas forjas después se hizo con sus ahorros de un rifle de un tiro, y su deseo fue mayor, quería fabricar las armas más perfectas.

“Un amigo me prestaba su torno, hasta que mi tío vendió unos bienes y me apoyó comprándome uno. Tuve una etapa muy dura donde la gente pensaba que estaba loco o era una necedad; trabajé 14 horas diarias para poder adecuarlo porque le faltaba motor, esmeril, un montón de cosas, pero ya en 1959 mis piezas se vendían como pan caliente”, esto gracias a que las dejaba bien calibradas.

Recuerda que todo lo invertía en eso, peso ganado peso a sus piezas; y otro vuelvo vino un año después cuando hizo su primer rifle automático.

“Me dieron mil pesos de aquellos tiempos y dije: ahora voy a comprar el mundo”.

Sello de la casa

Durante ocho años hizo armas. Las leyes sobre explosivos y armas de fuego cambiaron y se suspendió en todo el País la manufactura de estas piezas.

Locura, terquedad y talento volvieron a ser la receta perfecta para José, ahora usando de inspiración los cuchillos que por generaciones se fabricaban en Sayula.

Tras observar y dominar las técnicas para fabricar armas, las aplicó en los cuchillos, diferenciándose rápidamente de sus colegas herreros, y buscando perfección en el temple de metales y en el pulimento, e innovación en los acabados.

El trabajo aumentaba y la familia también. Hijos que desde pequeños jugaban entre las máquinas y observaban a papá haciendo lo suyo.

“De mis seis hijos, dos están en el taller, ellos tomaron la batuta, son la generación decimocuarta, se trata de Rafael y José.

“Tenemos un don como todo mundo lo puede tener cuando lo sabe utilizar. Es el don de la perfección, ese basado en cada día no conformarse con lo que se hace, sino saber que todavía se puede más”, dice, y Mía, su bisnieta, regresa para servirle un poco más de agua.

El sonido del taller sigue de marco para nuestra conversación, y los cuadros de reconocimientos nacionales e internacionales que visten la entrada del taller y la propia tienda a unos pasos por la calle Juárez, rememoran que lo que sucede en esta cuchillería es un arte, y que ahora en las manos de sus dos hijos ha logrado enorgullecer a Don José.

“Uno a los 12 años ya era un gran herrero, el otro tenía 13 o 14 años y era muy bueno también. Debo decir que los tres hicimos un gran equipo. Yo forjaba los cuchillos, José terminaba las hojas y Rafael le ponía el mango; pero hace tres meses tuve que ausentarme del taller por un tema de salud”.

Cuchillos, navajas, dagas, cubiertos, bastones, hebillas y joyería forman su catálogo, elaborados artesanalmente con acero inoxidable o de damasco, y mangos hechos, por ejemplo, de jade, madreperla o de la muda de cornamentas de ciervos rojos criados en Estados como Sonora o Guerrero.

Volteamos a la ventana, la calle Daniel Larios sigue tranquila, como siempre ha sido, me aclara y, sin duda, para este sayulense es emocionante sacar del baúl de su memoria los recuerdos que le llenan de satisfacción su rostro.

“Haber sido maestro de mis hijos y verlos crecer fue una alegría única. Estoy contento, ellos me cuidan mucho, y me siento feliz pues sé que en ninguna universidad aprenderían lo que han vivido en el taller”.

Oasis de chefs

En su catálogo hay un importante apartado para los cuchillos de cocina, desde algunos pensados para chefs, birrieros, taqueros, hasta para llevar a casa y tener ese deshuesador o quesero perfecto. Igualmente venden cajas en caoba para los cubiertos o estuches de cuchillos de chefs en piel de ternera.

El maestro grabador Carlos Camarena hace algunas colaboraciones, en especial los grabados en oro para navajas y cuchillos.