
“Empieza pronto; acaba tarde”. Esa es mi fórmula para aprehender lo que se marcha sin remedio y sin garantía de volver.
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Acompaña las jornadas tomando un descanso tras la comida, tras la cena, tras la sesión de yoga… Prepara tus air pods o tus auriculares over-ear; unos u otros serán tus aliados para recrear con música —una fuga barroca de Bach se me antoja lo más idóneo— la fuerza de las experiencias vividas.
Lo reconozco: yo siempre empiezo en junio
Mi verano es prematuro. A principios de junio ya estoy ensayándolo con pequeñas escapadas, fines de semana como sucedáneo, como anticipo de lo que vendrá después. En una de esas escapadas conocí El Mirlo, en Punta Paloma, y también Villa Punta Paloma. Dos maneras distintas de desaparecer unos días bajo un mismo sello, el de Marbella Club.
La villa se alquila durante todo el año y propone algo que, con los años, me parece cada vez más parecido al verdadero lujo: el contacto con la naturaleza, con la belleza salvaje de la costa gaditana y con las comodidades y la privacidad que ya les gustaría a los seres más privilegiados del planeta.

El Mirlo, con su cocina mediterránea, su irremediable culto al atún y a sus colores marineros, ofrece la versión más social de la filosofía del dolce far niente. Con amigos es el plan perfecto. Ambiente sin ataduras, comida reconocible y actividades paralelas que complementan una vivencia excepcional.
El camino hasta Punta Paloma calma mente y espíritu con su paisaje lunar de dunas imposibles. Ya la mera circulación me baja las pulsaciones. Llegar a la villa supone desviarse y aminorar el ritmo, dejando atrás cualquier atisbo de urgencia. La villa plasma la viva imagen del buen gusto. La ostentación brilla por su ausencia, brindando como lo más preciado unas vistas de apellido Stendhal que permiten vislumbrar el Estrecho, con la costa africana a apenas unas pocas millas marítimas.

Aquí me habría quedado unos cuantos días, pero en esa ocasión, en el ocaso de la primavera, tan solo estuve de visita. Villa Punta Paloma cuenta con varias hectáreas de monte que permiten paseos relajados y descansos infinitos en una cercana cala. El día que me decida, me recluiré en la villa, aunque sean unos pocos días en temporada baja. En la costa gaditana no hay reglas, y unos días cualquiera de noviembre pueden resultar tan cálidos como algunos de mayo.
En El Mirlo, sin prisa
Ya en el restaurante, el almuerzo permite soñar con las playas tarifeñas a las que se accede tras franquear una puerta. Si bien, la sobremesa se alarga con la apetecible propuesta de Santiago Guerrero, chef ejecutivo de Marbella Club.
En la oferta gastronómica se impone el mar. ¡Cómo no! Ensaladilla clásica, puntillitas o boquerones fritos; atún rojo de almadraba en varias de sus posibles versiones. Yo apuesto por el tiradito o por el tartar de atún rojo con ajoblanco. Manía mía es tomar siempre el atún rojo en crudo.

La tan gaditana lubina de estero, el borriquete típico de la zona o la gallineta frita redondean la propuesta marinera. Y los arroces, de sabrosos, a veces ni dejan sitio para el postre. No ha de cundir el pánico con esta última observación. Las largas sobremesas no solo están permitidas, sino que se auspician… En menos de una hora de sobremesa vuelve a apetecer un dulce.
Me reconozco en el estío casi eterno: nunca tengo prisa por terminarlo. Por eso me gusta que haya restaurantes como El Mirlo, que sigue abierto hasta principios de octubre.
Quién pillara algo del verano en septiembre
En el sur es un mes espléndido para los que nos resistimos a aceptar que el 31 de agosto acaba todo: ¡qué engañados están algunos! En mi ciudad, en mi país, en mi vecindario y en todo el hemisferio norte, buena parte de septiembre sigue siendo VERANO, así, en mayúsculas.
Días en los que aún quedan fines de semana, baños en la playa y escapadas que me ayudan a emprender el curso laboral con la creatividad y la energía que merece. Así, no niego la vuelta; solo dosifico el placer y administro mi tiempo.
Hasta que se ponga el sol
La caída del sol sobre el mar es el preludio de las Sunset Music Sessions en El Mirlo, con música en directo y cócteles sobre el Estrecho.
Los domingos de septiembre son en este espacio días de yoga y estiramientos en los jardines junto al mar; también de continuar con un desayuno o una escapada a Bolonia y sus ruinas.

Mientras mis amigos se afanan en seguir las posturas de yoga, yo me tumbo a la bartola con mis air pods durante toda la clase. Y he aquí cuando confieso al lector que, para deporte, me quedo con un box de crossfit.
¡Nadie es perfecto!
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