Los vinos únicos e históricos de The Wine Pilot

El trabajo de The Wine Pilot nació como respuesta a un mercado cada vez más saturado e inmediato en sus referencias. La empresa, que importa a España vinos de todo el mundo, fue fundada por Roberto Lorente junto a su hermano Gustavo y a su padre José. Las botellas que forman parte de su impresionante catálogo tienen unas características bien definidas: historia, autenticidad y capacidad de perdurar en el tiempo.

La compañía nació en 2012 y, desde entonces, es una de las especialistas españolas en el rastreo de vinos singulares y bodegueras especiales del mercado internacional. Sus vinos vienen de regiones históricas, con verdadero arraigo en el sector y con un relato cultural que una al territorio con el producto y la memoria.

El origen conceptual del proyecto tiene que ver con ese relato, ligado a un proceso cultural más que a una mera transacción económica. “Cuando entendí que las elecciones no se hacían por cantidad sino por coherencia y afinidad, supe que ahí existía algo sólido”, cuenta Roberto Lorente, fundador y alma de The Wine Pilot.



Su catálogo sería imposible sin la presencia de la empresa en las premieres internacionales de los vinos de las regiones de Borgoña y Burdeos. Son evento exclusivos en los que se adquieren, con años de antelación, algunos de los vinos más codiciados de todo el mundo. En este sentido, el trabajo de Lorente se parece al de un sabueso que rastrea buenas añadas y procesos encontrando una vía hacia vinos especiales.

Al acceder a estas citas, The Wine Pilot se asegura cupos y referencias de genuina calidad antes de su salida al mercado. La empresa tiene un asiento reservado en mesas a las que acuden muy pocos invitados, consiguiendo vinos a los que es prácticamente imposible llegar desde España. Todos ellos con prestigio mundial.

Los orígenes de The Wine Pilot

Los estudios y la carrera profesional de Roberto Lorente están centrados en el mundo de la empresa con vocación internacional. Su vida laboral le ha llevado a lugares como Canadá y a compañías de prestigio como Paramount Pictures y Boston Scientific. Esta trayectoria no parece especialmente pegada al mundo del vino, pero la empresa familiar, Ebrocork, especializada en fabricar tapones de corcho, sí.

Con el tiempo su actividad se acercó más al vino, trabajando en el desarrollo de estructuras comerciales para vinos de fuerte identidad. Ese giro de timón le lleva a la región de Champagne al comienzo, para seguir en Chablis y Ródano y especializarse en los últimos años en Borgoña y Burdeos. Así, la mirada de Lorente siempre está puesta en las regiones históricamente más pegadas al vino, sin dejar de lado zonas de Italia, Chile y el Napa Valley estadounidense.

“El vino no es únicamente lo que hay dentro de una botella. Es territorio, decisiones humanas, cultura y un tiempo concreto. Reducirlo a un simple producto lo empobrece”, señala Lorente. The Wine Pilot no es únicamente una importadora excepcional, sino que está centrada en una mirada editorial e intelectual en torno al mundo del vino. El propio Lorente es un estudioso con investigaciones centradas en el papel de los canales de distribución de los mercados vitivinícolas, la influencia de la historia de Burdeos en la identidad de sus vinos o la comprensión del vino como un fenómeno cultural.

Para Lorente, “un buen relato no maquilla la realidad, la revela”. El empresario tiene toda una faceta dedicada a la divulgación en medios como Diario Sur, Excelencias Gourmet o el propio blog de The Wine Pilot. Además, organiza algunas catas en las que despliega su erudición en torno a las singulares referencias que se están disfrutando.

Su última cata en Madrid

El pasado 18 de marzo, The Wine Pilot celebró una exclusiva cata en el espacio Semilla de Madrid. La experiencia constaba de seis exclusivas referencias, algunas inéditas en España: dos espumosos, dos blancos y dos tintos. Lorente expuso la filosofía de su empresa, probando cada vino y haciendo un repaso a la historia y la cultura de las regiones de las que partía: Champagne, Borgoña, Toscana y Burdeos. El lema era: “cada vino es una interpretación del lugar donde nace”.

La cata comenzó con dos referencias de la casa J.M. Gobillard Et Fils, perteneciente a la región de Champagne. En primer lugar, Les Coutures, un champán extra brut realizado con un 45% de chardonnay, un 30% de pinot meunier y un 25% de pinot noir. Para su elaboración, la bodega lo conserva durante seis meses en barricas de roble proveniente de Borgoña, otros seis meses en huevos de hormigón y seis años en botella. Es un espumoso realmente espectacular, con toques de vainilla y notas minerales en nariz. En boca, es fresco y delicado, con un final largo. Resulta perfecto para marinar con platos exquisitos, como un carpaccio de vieiras.

El segundo espumoso de J.M. Gobillard Et Fils fue el Pur Pinot Noir. Sus cepas provienen en un 90% de pinot noir y en un 10% de pinot meunier. Se trata de un vino más corpulento y potente, atemperado por las finas burbujas y con nariz profunda. Su vinosidad lo convierte en un champán de mesa, adecuado para carnes blancas y de aves de calidad.

En el turno de los blancos, el protagonismo fue para la bodega Prosper Maufoux, fundada en 1860 en Borgoña. Su sede se encuentra en el idílico castillo de Saint-Aubin, uno de los bastiones de una región famosa en todo el mundo por sus vinos y viñedos. Lorente hizo un recorrido por su historia, con datos sorprendentes como la primera datación de un vino borgoñés, del 125 a. C. Fueron los monjes lo que comenzaron a mejorar la calidad de sus vinos de eucaristía ya alrededor del 630 d. C., en una evolución imparable que llevó a la región a su actual estado de estandarte del vino de calidad en todo el globo. Entre las instituciones que custodian su buen nombre se encuentra el Hospital de Beaune, una obra de caridad creada por las bodegas con mucha historia y visitable en la actualidad.

El tercer vino de la cata fue el Montagny 1er Cru de 2018, con sus toques de mantequilla y nueces en boca. Se trata de un blanco que se conserva doce meses en barricas de de roble y que marida bien con langosta, ostras y pescados. La siguiente referencia fue el Sant Aubin 1er Cru Clos du Château. Es un vino mineral que en boca tiene toques de frutos secos y cítricos confitados. Su maridaje recomendado son mariscos y crustáceos. Este vino se produce con uvas muy cercanas al Castillo de Saint Aubin, un terreno especial por sus distintas zonas geológicas que hacen que cada viñedo produzca sabores y vinos distintos.

El siguiente vino, ya tinto, cambió de país al situarse en la zona de la Toscana italiana. Se trataba de un Mastrojanni Rosso di Montalcino, hecho al 100% con uva sangioviese (Brunello). En su elaboración pasa seis o siete meses en barricas de roble y tres meses más en botella. En nariz, llegan toques de cereza y su maridaje más adecuado son las carnes rojas a la parrilla.

De vuelta a Francia, la última referencia salía de la bodega Chateau Simard, de la región de Burdeos. Lorente explicó que la zona había sufrido tres revoluciones que habían afectado a sus vinos y a su prestigio como productora. En primer lugar, en los siglos XV y XVI, tras la Guerra de los Cien Años con Inglaterra, Burdeos se abrió al comercio marítimo con el país vecino, generando un importante mercado.

La segunda revolución se produjo en el siglo XIX con la “Clasificación de 1855”, donde figuran los productores. Es un documento que jerarquiza el trabajo vinicultor, otorgándole prestigio y transformando el vino en un símbolo de estatus que trasciende la mera mercancía. Por último, la tercera revolución se está viviendo en la actualidad con el cambio climático y la saturación del estilo de Burdeos. Las casas se reinventan y tienden a la contención para proteger el valioso legado de la región. Así, el final de cata se dio con un Simard de 2015, del margen derecho. Elaborado con merlot, cabernet y franc; es un Saint-Émilion constante y clásico. Un vino discreto y elegante.

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