Estas son las razones por las que amamos las hamburguesas

¿Qué pasa si los panes se multiplican durante una pandemia? Tenemos hamburguesas. Tenemos una oda al entrepan, fuente de ilusiones y felicidad.
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No hace falta contarles por qué, entre todos los entrepanes del planeta, la hamburguesa es perfecta. No hace falta decirles que se trata de una combinación inteligente de carne —seamos puristas y dígamos que es de res—, dos rebanadas de pan —que sea un bollo de papa o un brioche—, aderezos —una salsa secreta, una súper mayonesa—, una loncha de queso y pepinillos. Eso lo saben de sobra.

Tal vez hace falta recordarles que es más fondo que forma: el ejemplo del balance del que tanto nos hablan los libros de autoayuda, un cuarto de libra de felicidad, un bocado que, por unos minutos, sostiene el delgado hilo que nos ata a todo aquello que nos ilusiona en este mundo. Estamos exagerando, dirán. Pero insistiremos en machacar el punto o resolveremos, la paz sea con todos, partir por caminos separados desde este punto.

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Para nosotros la hamburguesa no es un antojo ni un capricho. No. No es la suma de sus calorías, ni de sus partes. Es el retorno al más básico de nuestros anhelos. Así, una hamburguesa no nos sabe a carne sino a la comodidad de una mecedora, a eso que nos gusta de los cinco minutos extra de sueño que le robamos a la mañana o de las siete de la tarde de los viernes. Sabe a, es, gozo.

La hamburguesa además, es plural, es de todos. En sus capas caben las hipérboles de los glotones —esos voyeuristas del sabor que se excitan con capas dobles de tocino—, caben los apetitos recatados y puristas de la Inmaculada —la de Mariano Escobedo, no la de Belén—, la carne entre comillas y la conversión de la soya. Caben varios de esos ejemplares que se embarcaron, en un viaje incierto, en el arca con Noé. Cabe lo imposible de la hamburguesa imposible. Cabe nuestro apetito, y el suyo también. Caben las rimas de la adolescencia de un poeta: “I finish the burguer. / Our love, I conclude. /My bliss turns to sadness. / I need some more food.”

Hay imaginación en la hamburguesa. Y ego. Ese deseo prevaleciente de arreglar lo que no está descompuesto. Los chefs, como los atletas, a veces hacen hamburguesas porque quieren romper récords. Un ánimo perfeccionista que nosotros, los fieles del entrepan, alimentamos con gusto.