Tras descansar un ratito después de la espetada y los vinos de Madeira, subo en coche por empinadas calles hasta Casa Velha do Palheiro Relais & Chateaux, el hotel de lujo que alberga Arraial Gourmet. Este festival gastronómico es uno de los puntos fuertes de mi viaje, ya que aquí se reúnen los mejores cocineros de Madeira ofreciendo recetas hechas con el mejor producto de la isla. Los hermosos jardines del hotel albergan una enorme carpa iluminada con cientos de bombillas en esta noche templada. Paseo entre las paradas conociendo a los chefs y sentándome a disfrutar de sus creaciones.
Madeira: la isla de los mil sabores – Primera parte
Me cuentan que esta es la segunda edición del evento después del éxito del año pasado. La idea es celebrar la exuberante producción gastronómica de la isla mediante la creatividad de sus mejores cocineros. En total, once chefs preparan en vivo sus recetas, explicándolas a los visitantes, que también encuentran algunos puestos con productos locales y de todo Portugal. Puedo probar ostras, quesos de las Azores, champán o vino, cerveza artesanal y ron de Madeira.
Aunque llevo unos días comiendo de todo y he pasado la mañana en una bodega, no tengo que esforzarme para probar los platillos que los chefs amablemente ofrecidos por los chefs. El evento está pensado para los huéspedes del hotel, que disfrutan de una velada relajada con la mejor gastronomía posible. Los cocineros con parada en el festival son Gonçalo Bota, de Oxalis; David Jesus, de Seiva y Feitio; Filipe Janeiro, de Gazebo; Cesar Vieira, de Audax (que ya conozco); Júlio Pereira y Carlos Gonçalves, de Grupo Kampo; Roberto Barros, de Galáxia, Savoy Palace; Fabio Vieira, de Adega do Pomar y Duarte Oliveira, de Vista Balancal. Además, hay dos puestos de maestros pasteleros: Tony Fernandes, de UAUCACAU (los deliciosos bombones que probé ayer) y Joana Gonçalves, de Choux.
Todos ellos presentas recetas centradas en el fantástico producto de la isla, con propuestas heterogéneas y audaces. Me quedo con el curry rojo de maracuyá de David Jesus, la única receta vegana del conjunto, muy original. También con el potente carabinero, brioche, hinojo y caviar de Gonçalo Bita Bota, simpatiquísimo y políglota en su puesto. Por último, disfruto con el cuscús con panza de lechón (barriga de leitão), un plato diferente a todos los demás.
Arraial Gourmet representa un sentimiento que ha ido detectando frecuentemente entre los madeirenses. Están orgullosos de su tradición y de la riqueza gastronómica de la isla y, además, quieren celebrarlo y contarlo. Esta noche, el cielo estrellado y la temperatura agradable son el contexto perfecto para una fiesta especial. Antes de irme, me acerco hasta la parada de fruta fresca y me lleno un plato. Está todo delicioso.
Aventuras por el noreste
Para el día siguiente tengo preparada una ruta en jeep por la zona noreste de la isla. La empresa Adventureland ofrece paseos en todoterreno por distintos puntos de Madeira, acompañados por un guía experto y con tramos de paseo por la naturaleza. Nuestra primera parada es la Punta de São Lourenço, el cabo más al este. Es un punto privilegiado para pararse y contemplar la isla: su norte nuboso y húmedo; el sur soleado y poblado y el centro alto y boscoso.

Seguimos hasta Engenhos do Norte, en Porto da Cruz, una bodega de ron madeirense que sigue en funcionamiento. Aunque es pronto por la mañana, me toca probar un poquito de ron. No se parece a sus dulces parientes caribeños, sino que es potente, muy parecido a un trago de whisky. Esta factoría presume de ser la única en toda Europa que aún opera con máquinas de vapor.
El ron de Madeira se elabora con caña de azúcar. En la isla hay tres cultivos que han marcado épocas históricas y económicas, convertidos en estandartes: los viñedos, las bananas y la caña de azúcar. Durante los siglos XV y XVI, Madeira era la mayor productora de azúcar del mundo. Su producción trajo mucha riqueza a los terratenientes madeirenses, ya que estaba considerado el “oro blanco” en Europa. La producción generó también una rica tradición en la elaboración del ron, que tuvo su esplendor en las primeras décadas del siglo pasado y que ahora está en ligera decadencia, con unas pocas empresas fabricando la bebida.
Desde Porto Santo nos acercamos hasta el Hotel Quinta do Furao. Es el sitio perfecto para tomar un café o un aperitivo con unas vistas impresionantes de la costa noreste. Aquí, la vegetación selvática se asoma al mar en balcones de vértigo. Seguimos un poco más hacia el norte, hasta Santana. El guía me enseña las casas tradicionales de Madeira, muy similares a las barracas de Valencia. Quedan unas pocas visitables en esta población del norte, una de las más grandes de la zona.

Desde aquí nos adentramos hacia el centro de la isla, su parte más salvaje. El guía es todo un experto al volante y conduce firme por caminos rodeados de una vegetación exuberante. Nos encontramos en otro de los tesoros de la isla: su bosque de laurisilva. Es un ecosistema prehistórico que sobrevivió a las glaciaciones con una edad estimada de unos 20 millones de años. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1999 y también permanece en algunas islas del archipiélago canario.
Paramos en una de las rutas que trascurren al lado de las levadas, el sistema de canales y acequias que provee de agua a toda la isla desde hace cientos de años. Los madeirenses construyeron este sistema de irrigación, muy similar al árabe, desde el centro húmedo y alto hacia sus costas más secas. El agua que roza los picos más altos del bosque baja constante y mansa hacia el sur populoso. Estas rutas, bien señalizadas y muy bellas, son perfectas para estirar las piernas. Además, las hay de distintas dificultades y con recorridos por toda la isla. Nuestro paseo es perfecto para desentumecernos y afrontar el último tramo en jeep, que nos llevará a las nubes.

La parada final es el pico do Areeiro, a 1.818 metros. La orografía de esta isla explica su riqueza, tanto gastronómica como cultural. En unas horas hemos pasado de un cabo arenoso metido en el mar a un pico de considerable altura situado a pocos kilómetros. Las nubes nos rodean y apenas podemos ver la cima de la montaña más alta de la isla, el Ruivo (1.862 m). Bajamos tranquilamente de vuelta a Funchal para descansar. Esta será mi última noche en la isla.
Cena con vistas
Tras el merecido descanso encaro mi última cena en la isla. Me dirijo a la zona oeste de Funchal, donde los hoteles y los nuevos edificios de apartamentos crecen como hongos. Voy al restaurante Avista. Su nombre no engaña ya que me sitúo en su terraza del primer piso con una panorámica del Atlántico impresionante. Su cocina destaca, de nuevo, por el protagonismo del producto y un servicio exquisito.
Me sirven un menú con algunos de sus mejores platos. Disfruto especialmente con las gambas al diablo, picantes pero muy sabrosas. Su principal, costillar de black angus con champiñones, apio nabo y puré de patata; también me hace salivar más de la cuenta. Su postre, una ganache de fruta de la pasión con sorbete de guava, refresca el final de la cena.
Mañana a primera hora cogeré el vuelo de vuelta al continente. Echaré de menos Madeira y sus mil sabores. Me marcho con la sensación feliz de haber descubierto un paraíso lleno de personas amables con ganas de hablar de su tierra. Seguro que volveré… ¡me falta por ver la costa oeste!
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