Tres restaurantes con terraza para estirar el verano madrileño

Cuando septiembre empieza a ponerse serio y se atisba el otoño, los madrileños desarrollan una especie de resistencia pacífica contra el tiempo gris que se avecina. Se niegan a encerrarse, buscando cualquier excusa para estirar las sobremesas al sol, apurar las últimas noches templadas y encontrar rincones donde el asfalto dé un respiro. Por eso proponemos tres restaurantes que, cada uno a su manera, son un resquicio de supervivencia frente al ineludible cambio de estación. Todos ofrecen espacios exteriores privilegiados, pequeños oasis de tranquilidad donde la cocina manda y se come muy bien.

Pº de la Castellana, 62. Tel.: 919.591.444. Precio medio: 45-55 euros

El grupo La Fábrica lo abrió en enero y este verano ha estrenado su fantástica terraza ajardinada -todavía sumamente apetecible- en plena Castellana, aunque no lo parezca. Un espacio tranquilo, bien puesto, que permite acercarse a una cocina que no pasa de moda y gusta a todo el mundo.

Con un trasfondo mediterráneo, los pescados marcan la pauta, acompañados de verduras –no en vano su chef ejecutivo es el navarro Aitor Mena- y carnes de calidad. Una cocina representada en propuestas de corte tradicional como una cremosa ensaladilla (que no olvida el punto ácido de la piparra), las agradables croquetas de jamón o el trío marinero (anchoa, boquerón y atún, presentados conjuntamente sobre tosta de pan crujiente), opciones perfectas para compartir al inicio de la comida.



Con las sugerencias de la casa: unos berberechos al pil pil de buen tamaño, ligeramente picantes, e irresistibles las vainas con parmentier de patata y jamón, propuesta inusual en los restaurantes y que tanto apetece encontrar. Estas, además, están muy buenas. Con los pescados, una buena opción es probar la parpatana de atún con salsa de oloroso, una combinación ganadora. De postre otro rara avis: una refrescante macedonia de frutas. El servicio es amigable y cuentan con una destacable oferta de vinos, muchos de ellos por copas. Un atractivo más a tener en cuenta.

Avda. de Luis Cereceda, 5. La Finca Gran Café. Pozuelo de Alarcón. Tel.: 676.636.968. Precio: 50-60 euros.

El cocinero Teto Bargueño se hizo cargo el pasado otoño de la propuesta gastronómica de Mena, un cambio que se ha hecho notar, claramente a mejor. Teto, conocedor de público de Pozuelo y alrededores gracias al restaurante que posee en esa localidad desde hace años, ha dado con la tecla. Por eso su carta se adapta perfectamente a las exigencias de los clientes, tanto en la terraza exterior con vistas al lago –aquí manda el picoteo y los platos sencillos- como en la pérgola cerrada que funciona tanto en verano como en invierno, además, por supuesto, de los comedores del propio restaurante.

La carta, muy adecuada para tomar ahora que sigue el buen tiempo, muestra su versatilidad. Hay entrantes a compartir, propuestas para comer con las manos, pizzas al horno de leña, guisos, y con los segundos tres o cuatro pescados y un apartado de carne Premium. ¿Qué pedir? El salmorejo, muy cremoso, riquísimo de sabor. O las croquetas de chuleta madurada, de masa conseguida, ligeramente ahumadas. No termina de convencer el carpaccio de vaca madurada, con alcaparras y cebollita encurtida (a pesar del aliño falta acidez). Sí gusta la original tortilla crujiente de atún rojo, muy japo, y es definitivamente recomendable el bacalao a Bras, jugoso, sabroso –con ese necesario puntito de sal- que demuestra la maestría de Bargueño trabajando este pescado.

Tampoco le va a la zaga la chuleta madurada de 1 kg. (de Polonia, con 35 días de afinado), que llega a la mesa plena de sabor, con todos sus jugos intactos y un punto de cocción irreprochable. Para terminar, un appel strudel. Carta de vinos de nivel y a precios razonables, responsabilidad de Angel Luis Pasero, profesional de larga trayectoria, que dirige la sala.

Crta. de La Jarosa. Guadarrama. Tel.: 689.415.622. Precio: 60-70 euros. Sólo abre de viernes a domingo.

Sólo por disfrutar del paisaje y la naturaleza merece la pena acercase hasta aquí, en las estribaciones de la sierra de Guadarrama, en un valle de pinares a apenas 45 minutos de Madrid, junto al embalse de La Jarosa. Allí lleva instalado desde hace un año Rubén Iborra, un cocinero que se dio a conocer en Madrid con el singular Chirasi, una taberna urbana de cocina street food gourmet. Pero abandonó el asfalto por la naturaleza, que todo lo inunda en Ruge, en su terraza donde comer o picotear, en el chill out de agradables sofás o en los comedores del interior. Mucha madera, un toque rústico relajado para lo que ellos mismo definen como un Mountain Club –es decir, como un beach club de montaña- que en lo gastronómico tiene su punto fuerte en las brasas y el arroz.

Iborra se basa en el producto, quizás inesperado en un lugar como éste, en el que tienen cabida las ostras, la gamba roja, el erizo o el caviar. Ese mismo nivel en la despensa se traslada a los segundos, donde aparecen pescados y mariscos de buena factura, los chuletones de rubia gallega y, con especial  protagonismo, los arroces. Rubén cuida los detalles, el pan de masa madre a la brasa que sirven con un buen picual y alioli casero de azafrán, preludio de unas ostras con huevas de erizo y aguachile de lichis, o, siguiendo con los bivalvos, las almejas gallegas a la brasa con velouté marina de puerros, propuestas que reflejan perfectamente la filosofía culinaria del murciano.

Excelente la gamba roja de Santa Pola a la brasa (productazo que no hay ni que tocar), que da paso en el menú (en nuestra visita probamos uno de los dos menús degustación que ofrecen) a una cocochas de bacalao al pil pil de vino blanco, y su chuleta de Discarlux con 120 días de maduración (la termina de afinar el propio Rubén; también lo hace con los pescados), muy jugosa y de gran sabor. Pero, sí o sí, hay que probar los arroces, de los que tiene en carta una decena  (alicantino, murcianico, valenciano, de chuleta….), entre ellos el meloso de pato, muy gustoso y de punto perfecto –se nota el expertise del chef-. Con los postres un correcto tatin de manzana con (delicioso) helado de tomillo. La carta de vinos acompaña.

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