Amo el tiempo detenido en la calidez de la gente y en los espacios construidos para emocionar el alma. La certeza de que llegarás a una ciudad a comer modernidad, en mi caso estorba. Me gusta pasear en los viejos lugares que son nuevos ante los ojos incrédulos del ciudadano común, y gozo como pocos en la vida de aquella pausa que suele volver eternos los buenos momentos.
Bitácora del Paladar: Vernáculo y la mesa pendiente
Cada ciudad escribe su propia gloria, y en el caso de Monterrey la reincidencia en la construcción del centro histórico ha sido algo tan sonado en mi vida. Los oídos me suelen retumbar cuando algunos hablan de la reconstrucción, del renacimiento o de la reinvención de uno de los centros de ciudad más bellos del país. Los intentos no se cuentan. Los hechos sí.

Quizás por eso, el haber llegado a desayunar a Café Belmonte en el centro de Monterrey, me llenó los ojos de esa sutil lágrima que suele salir cuando el amor toca la puerta ante una sencilla y pequeña calle, que goza de un sol de verano inolvidable donde el color rosado, la piedra de cantera y la pequeña puerta se abre para encontrar un momento visual para la modernidad que se aleja y la tradición que vive tan vibrante como la emoción.
La pared blanca hacia lo alto, con el rosa en la cantera y ese piso de baldosas simétricas que se mezclan con la paleta de colores del espacio, me reciben con cariño visual y como memoria de respeto hacia mi familia. En la parte más alta de la puerta, aparece en letras de hierro el apellido Belmonte.
Bitácora del Paladar: Koli, nueva temporada
Las dos lámparas redondas que vigilan la puerta lucen opacadas por el sol de la mañana, sin embargo, al cruzar la puerta, uno encuentra un luz tenue de lámparas amarillas, un bello piso con clara antigüedad, sillas de madera con memoria y mesas que seguro guardan relatos de días largos.
Un amable caballero ayuda con las maletas de ese viaje y nos ofrece mesa. Sin titubear, selecciono mi espacio de goce, confieso que me he decantado en los últimos años de mi vida por sentarme en la barra. Razón por lo cual, subo mi cuerpo ansioso en el banco y me coloco frente a un espacio lleno de bebidas embotelladas. Del lado izquierdo queda la cafetera, al costado un espacio en donde colocan productos y tazas, y a mi mano derecha se ubica el borde de la barra, donde un ventanal permite la entrada de la luz que me enseña un salón vibrante con mucha energía.

El joven de la barra, amable y formal, pregunta sobre la bebida a seleccionar. Café es la bebida obligatoria. Un late es lo mío y el pan que se sirven al frente es de muy buena hechura. Una concha blanca con maravilloso sabor a mantequilla apertura la conversación sobre la magia del lugar. La degustación lenta del café y el pan, conlleva a una maravillosa plática, mientras que en las pausas doy lectura al menú. En este espacio gastronómico se goza de otra velocidad y el tiempo es al ritmo de los latidos del corazón, como el suave ritmo de la música que suena en el salón.
Porque vivo de antojos, me apetece el Empalme con huevo estrellado. Este tiene asado de puerco y un picor muy agradable. En la carta se emplea la bella frase “servido bajo un manto de huevo estrellado” lo cual se me hace poético y razón por lo cual, lo solicito de inmediato para comenzar mi desayuno.
Atte., el nuevo restaurante de Paco Hidalgo de cocina neo-mexicana en la Juárez
Para uno que está en el norte la cocina, es una oportunidad de alejarse de los platos de flojera, como aquellos que contienen pan con aguacate o salmón bien refrigerado. Es por ello que los Huevos cremosos con un ligero picor, con crema de queso feta, salsa macha, encurtidos y con cilantro se vuelven un antojo más. Los huevos Decadentes también me coquetean, ya que al ser tres huevos tiernos con abundante mantequilla, sobre una rebanada de pan de masa madre tostado a las brasas y acompañado de chicharrón de la Ramos, queso panela de cabra de Galeana, N.L., aguacate y salsa macha, suenan como una oportunidad para regresar tantas veces como hambre tenga uno.
En la carta hay magia norestense. Un pan con barbacoa, el famoso Atropellado regio, la Torre de papas con chorizo y tantas oportunidades para hacer crecer el paladar. Sin embargo, el antojo que es grande, se encuentra con la limitante de una barriga a la que no le cabe tanta belleza de platos. Es por ello que se recurre a la segunda taza de café, donde queda la clara la calidad de la clase mundial de barista con la que se mueve el espresso, el machiatto, el cappuccino, el latte o el sencillo americano. Tienen café de especialidad, pero ese no cuenta en la sencillez de este relato.
Café Belmonte es el relato con modernidad de un espacio donde el tiempo se detuvo y el cuidado del detalle hace la diferencia en Monterrey. El alma de quienes atienden es servicial y siempre sonriente”.- Humberto Ballesteros.
El espacio es bello. La música suena bien y asemeja la banda sonora de un momento idílico. Son las 11 de la mañana en esta ciudad y tengo claro que en otra parte del mundo ya son pasadas de la 1 pm. Quizás por eso, pido dos vermuts. Uno para brindar por la magia del lugar y otro para disfrutar de mi acompañante.
La vida se decanta todos los días. Y uno se queda siempre con lo mejor. Es por ello, que Café Belmonte me llenó el alma de sabor, de instantes y de la memoria de un apellido que llevo tatuado en el corazón y en el futuro de mi vida.
Regresaré pronto. Lo sé. Con más hambre, más sed y con ganas de volver a detener el tiempo donde lo lento, suena suave, sutil y sabroso.

Sigue al autor: @betoballesteros
Síguenos en: Facebook / Twitter / Instagram / TikTok / Pinterest / Youtube








