Ànima Negra, la bodega que cambió el destino del vino mallorquín

Hubo un momento en el que hablar de grandes vinos en Mallorca no era lo habitual. Fue entonces cuando dos nombres, Miquel Àngel Cerdá y Pere Obrador, decidieron mirar hacia lo que ya estaba ahí: las variedades autóctonas, el paisaje mediterráneo y una forma de trabajar más cercana a la tierra que a la tendencia. Así nació Ànima Negra en 1994, en Felanitx, en una antigua possessió del siglo XIII.

El propio nombre ya dice mucho más de lo que parece. Ànima Negra remite, como ha explicado en distintas ocasiones Miquel Àngel Cerdá, al concepto de “vi negre” mallorquín, pero también a esa idea de que el vino guarda algo profundo, casi invisible, que conecta con el paisaje y con el tiempo. Una declaración de intenciones que ha acompañado al proyecto desde el inicio.

Su apuesta no era la más fácil. Mientras otros territorios miraban hacia variedades internacionales, ellos insistieron en la callet, la mantonegro, la fogoneu o la premsal blanc. Una decisión que, con el tiempo, ha terminado por situar a la bodega entre las más respetadas del país y por cambiar la percepción de los vinos baleares dentro y fuera de España. 



Entender la viña para dejar que el vino hable

Desde el principio, Ànima Negra ha trabajado con una idea clara: el vino se hace en el viñedo. La bodega, más que un lugar de transformación, funciona como un espacio de conservación donde se protege lo que la tierra ya ha dado. Esa filosofía sigue intacta, aunque el proyecto haya evolucionado.

Hoy, esa evolución tiene nombre propio: Laura Binimelis. Bióloga y directora técnica, su llegada marca una continuidad natural, pero también una mirada más contemporánea. Su enfoque combina precisión científica y sensibilidad por el entorno, incorporando herramientas como el uso de ozono o drones para trabajar con mayor exactitud y reducir la intervención química.

El objetivo no cambia: escuchar la viña, adaptarse al clima y permitir que cada parcela exprese lo que es. En un territorio donde las condiciones pueden ser extremas, esa capacidad de adaptación se convierte en una ventaja.

Vinos que cuentan una isla

Esa forma de trabajar se traduce en una colección de vinos que han ido construyendo la identidad de la bodega. Quíbia, por ejemplo, es probablemente una de las expresiones más claras de esa Mallorca blanca, luminosa y salina. Elaborado principalmente con giró ros, ofrece una lectura precisa del paisaje: frescura, notas florales y ese carácter mediterráneo que permanece en boca.

En el otro extremo, ÀN2 funciona como una puerta de entrada accesible, mientras que ÀN —más profundo y estructurado— refleja años de trabajo en torno a la callet, la variedad fetiche de la casa. ÀN’R, un rosado poco habitual en las islas, confirma esa voluntad de explorar sin perder identidad.

Y luego está Son Negre, un vino que no aparece todos los años. Solo cuando la añada lo permite. Procedente de las viñas más viejas y ligado a la colaboración con el artista Miquel Barceló, es una de esas botellas que condensan la esencia de la bodega: carácter, paisaje y tiempo.

Con presencia en más de 40 países y una trayectoria que supera ya las tres décadas, Ànima Negra se ha consolidado como una referencia imprescindible para entender hacia dónde puede ir el vino en territorios que durante mucho tiempo quedaron fuera del foco. Un proyecto que empezó como una intuición y que hoy se ha convertido en una de las voces más sólidas del panorama vinícola español.

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