La memoria como segunda fermentación de la experiencia
Memorias de África. Créditos: Universal.

Quería escribir sobre la experiencia.

Sobre la forma en que llegamos a conocer los vinos, no solo a través de sus variedades, sus regiones o sus fichas de cata, sino a través de las vivencias, las historias y los recuerdos que terminan dándoles significado.

Sobre esa extraña materia prima de la que están hechas las grandes comidas, los grandes vinos, los viajes que recordamos durante años y las conversaciones que siguen regresando a nuestra memoria mucho tiempo después de haber terminado.



Y para hacerlo decidí recurrir a una autora que quizá no sabía mucho de vino, pero poseía un talento excepcional para embotellar recuerdos: Karen Blixen.

Puede parecer una elección extraña para una revista de gastronomía y vino. Después de todo, la autora danesa es recordada por una plantación de café en Kenia y por haber inspirado Memorias de África, una de las películas más emblemáticas de los años ochenta.

Karen Blixen escribió Memorias de África años después de abandonar Kenia. Había perdido la plantación, había perdido a Denys Finch Hatton y había regresado a Dinamarca enferma y prácticamente arruinada. La mujer que escribió aquellas páginas ya no era la misma que había llegado a África décadas antes.

Quizá por eso comprendía que toda narración implica una transformación. Del mismo modo que el vino deja de ser uva para convertirse en otra cosa, la experiencia también necesita transformarse para convertirse en relato.

Y quizá ahí resida una de las razones por las que seguimos leyendo a Blixen. Porque Memorias de África no es únicamente el relato de una experiencia. Es el relato de una experiencia transformada por el tiempo.

Como suele ocurrir, la realidad fue bastante más compleja que la película y bastante menos fotogénica.

Sin embargo, hay algo curioso. Décadas después seguimos leyendo a Karen Blixen y, al mismo tiempo, seguimos viendo a Meryl Streep y Robert Redford sobrevolando África con la banda sonora de John Barry. Quizá porque los seres humanos tenemos una extraña habilidad para recordar no solo lo que ocurrió, sino también lo que nos hubiera gustado que ocurriera.

Si la memoria es la segunda fermentación de la experiencia, Hollywood decidió embotellarla con Meryl Streep y Robert Redford. No era exactamente lo que ocurrió, pero hay que reconocer que mejoró considerablemente las fotografías de archivo.

La gran aportación de Blixen no fue describir África, sino demostrar que entre lo vivido y lo recordado existe una distancia fértil. La pérdida, la nostalgia y el paso del tiempo transformaron una vivencia personal en una obra capaz de emocionar a lectores que nunca han visto las colinas de Ngong ni han puesto un pie en Kenia.

Hay un vino africano que conecta especialmente bien con esta idea: Vin de Constance.

Durante siglos fue uno de los vinos más admirados del mundo. Lo bebieron emperadores, escritores y estadistas. Napoleón pidió botellas durante su exilio en Santa Elena. Jane Austen lo mencionó en sus novelas. Hoy siguen existiendo el vino y su nombre, una prueba de que algunas historias terminan sobreviviendo a las personas que las protagonizaron.

Porque toda botella nace siendo un producto agrícola.

Antes de convertirse en objeto de deseo, símbolo cultural o pieza de colección, el vino no es más que el resultado de una cosecha: uvas, tierra, clima, trabajo humano y tiempo.

Sin embargo, algunos vinos consiguen escapar de esa condición inicial.

La distancia que separa un producto agrícola de un producto de culto rara vez se explica únicamente por la calidad. Entre ambos extremos suele existir una acumulación de historias, personajes, lugares y recuerdos que terminan otorgándole un significado mucho más amplio que el contenido de la botella.

Quizá por eso resulta tan interesante acercarse al vino desde lugares aparentemente alejados de él. La literatura es uno de ellos.

Cuando el vino dialoga con la literatura, la historia, el arte o la música deja de ser únicamente una bebida para convertirse en un elemento cultural vivo. Del mismo modo que Karen Blixen transformó su experiencia africana en literatura, determinados vinos terminan convirtiéndose en depositarios de una memoria colectiva.

Nadie recuerda una gran botella únicamente por sus notas de cata.

Lo que permanece es la conversación que acompañó aquella cena, la amistad que se celebraba, la noticia que cambió el rumbo de una noche, la persona que ya no está o el lugar al que nunca hemos regresado.

Quizá por eso me gusta pensar que existe una segunda fermentación, (metafórica, ya sé que estáis pensando todos en el champagne jejeje).

La primera transforma la uva en vino.

La segunda transforma la experiencia en significado.

Y es precisamente ahí donde nace el verdadero valor cultural del vino. No cuando sale de la bodega ni cuando llega a la copa, sino cuando entra en la memoria.

Vin de Constance ha sobrevivido durante siglos conservando algo parecido: la memoria de un paisaje, de una época y de las personas que contribuyeron a construir su leyenda.

Al final, quizá la literatura y el vino compartan una misma aspiración. Ambos nacen de una realidad concreta, pero alcanzan su verdadera dimensión cuando consiguen sobrevivir al instante que les dio origen.

Porque el valor de un gran vino no reside únicamente en lo que ocurre dentro de la botella. Reside en su capacidad para convertirse en relato, en recuerdo y, finalmente, en memoria.

Y la memoria, como el vino, también necesita tiempo para fermentar.

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