David Hockney, el vino y el valor de la espera

El 11 de junio de 2026 nos dejó David Hockney y mientras volvía a contemplar algunas de sus obras más conocidas, me vino a la memoria una visita que hice el pasado diciembre a Château Mouton Rothschild, en Burdeos y la etiqueta que el pintor inglés creara para la añada de Mouton Rothschild 2014.

No muestra un castillo, ni un viñedo, ni una escena de vendimia. Apenas dos copas: una vacía y otra llena. Recuerdo haber pensado que era una imagen sorprendentemente sencilla para una bodega acostumbrada a confiar sus etiquetas a algunos de los grandes artistas del último siglo. Con el tiempo entendí que quizá ahí residía precisamente su fuerza.

Porque entre esas dos copas no hay únicamente vino. Hay espera.

La copa vacía representa la expectativa. La llena, su cumplimiento. Entre ambas transcurre aquello que da sentido a una gran botella: el tiempo.



Y fue pensando en esa imagen cuando me di cuenta de que estaba escribiendo sobre el tiempo a propósito de alguien que dedicó toda su vida a observarlo. Aunque será recordado por sus piscinas californianas, sus retratos o sus paisajes de Yorkshire, Hockney nunca pintó solo aquello que tenía delante. Le interesaba cómo la luz transforma las cosas, cómo las estaciones alteran un paisaje y cómo el paso de los años modifica nuestra mirada.

En una época obsesionada con la velocidad, Hockney reivindicó la observación lenta. Y mientras pensaba en ello, no podía evitar pensar también en el vino.

Château Mouton Rothschild en Burdeos. Imagen: cortesía

Una conversación con el tiempo

El vino nació como una conversación con el tiempo, aunque cada vez más se le exige comportarse como cualquier otro producto de consumo. Nunca hemos tenido acceso a tantos vinos buenos ni ha sido tan fácil beber bien. Sin embargo, cada vez son menos los vinos concebidos para esperar. Queremos vinos accesibles, expresivos desde su juventud, comprensibles desde el primer sorbo. Vinos que ofrezcan placer inmediato. La pregunta no es si los vinos inmediatos son mejores o peores. La pregunta es qué ocurre cuando una cultura deja de valorar la espera.

Una botella importante no es solo un producto. Es un acontecimiento temporal. Cuando finalmente se abre, no consumimos únicamente vino. Consumimos tiempo convertido en experiencia.

Esperar es casi una anomalía

Cuando pienso en vinos como Léoville Las Cases, Vega Sicilia Único o Prado Enea, siempre tengo la sensación de que fueron concebidos desde una comprensión profunda del tiempo. No nacieron para impresionar en su juventud, sino para ser un acontecimiento temporal.

Sin duda, existe una conexión entre la obra de Hockney y el mundo del vino. El pintor insistió durante décadas en algo que hoy es casi subversivo: mirar despacio. Volver una y otra vez sobre el mismo paisaje. Y hay algo profundamente vinícola en esa actitud, porque el vino también exige atención y paciencia.

Y me pregunto: ¿en la era de la inmediatez seremos capaces de dejar evolucionar los vinos en el futuro?