Óscar Salazar, el chef que está convirtiendo 7Pines Ibiza en un destino gastronómico

Desde las terrazas de 7Pines Resort Ibiza, Es Vedrà casi puede tocarse con los dedos. Desde allí se contempla uno de los atardeceres más fotografiados Ibiza, aunque este año buena parte de la conversación entre los huéspedes gira alrededor de otra novedad. Se llama Ikisaki, significa “destino” en japonés y es la última incorporación a una oferta gastronómica impulsada por Óscar Salazar (Granada, 1985), chef ejecutivo del resort. La apertura de este nuevo restaurante nikkei, donde las cocinas japonesa y peruana dialogan frente al Mediterráneo, es una de sorpresas más estimulantes de la temporada.

Pero para entender cómo ha llegado 7Pines hasta aquí conviene detenerse en la trayectoria de Salazar. Una historia que no empieza en Ibiza, ni siquiera en un restaurante, sino en la cocina de la casa familiar donde aprendió que la gastronomía era mucho más que una profesión.

A sus 41 años, el chef granadino se define con cuatro palabras: “Humilde, honesto, tranquilo y creativo”. Su padre, nacido en Baracaldo, era un apasionado de la buena mesa y acostumbraba a llevarlo a los mercados de pescado de Motril, el pueblo de su infancia. Mientras recuerda aquella época aparecen imágenes muy concretas: un picadillo riojano preparado en casa, una tortilla de bonito en escabeche y aquellas comidas familiares que terminaban siempre alrededor de la mesa. “Siempre estaba con él cuando preparaba algo”, recuerda. Mucho antes de entrar en una escuela de hostelería, la cocina ya ocupaba un lugar importante en su vida.



Parte de su historia también está escrita sobre la piel. En el antebrazo derecho lleva tatuado el cuchillo a tamaño natural que le regaló su padre cuando decidió abandonar Granada para fichar por Martín Berasategui. En la espalda, un ave fénix recuerda los altibajos de una profesión donde las certezas duran poco.

El tren que pasaba una vez

Tras formarse en la Escuela de Hostelería Hurtado de Mendoza de Granada, con veintipocos años, asumió la dirección de El Asador de la Reina, un restaurante situado a las afueras de la ciudad. El local atravesaba un momento especialmente dulce: más de tres meses de reserva. Fue entonces cuando Martín Berasategui probó uno de sus platos durante un concurso gastronómico y le propuso incorporarse a su equipo.

La propuesta llegaba cuando menos motivos tenía para marcharse. “Mi padre me dijo que los trenes pasan una vez y que aquel era uno de los grandes”, recuerda emocionado. Su progenitor falleció hace apenas dos años y todavía le cuesta hablar de él.

Aquel consejo terminó cambiando su vida. Vendió el restaurante, dejó Granada y se trasladó a San Sebastián, donde trabajó durante tres años junto al maestro vasco. Después llegarían La Gaia, en Ibiza Gran Hotel junto a Óscar Molina; Aguas de Ibiza; Hacienda Son Antem y, finalmente, 7Pines Resort Ibiza (185 suites y dos Grand Villas), donde hoy dirige una de las propuestas gastronómicas más ambiciosas de la isla.

¿Qué le llevó a aceptar este último reto? “No me muevo por dinero. Me muevo por proyectos”, asegura. Más adelante añadirá otra frase igual de reveladora: “Me gusta complicarme la vida”. Le interesan los lugares donde queda algo por construir, donde existe margen para desarrollar una identidad propia y el resultado no está garantizado de antemano.

La cocina como proyecto

Tres años después de su llegada, buena parte de la evolución gastronómica de 7Pines lleva su sello. Ikisaki es la incorporación más reciente. Situado frente al mar, el restaurante propone un viaje entre Japón y Perú a través de ceviches, tiraditos, sashimis y cócteles de autor. De entrada, sorprende el colorido pan casero de remolacha con mantequilla de algas y ají peruano. Entre los platos destacan el ceviche de ostra con leche de tigre, el tataki de apio a la parrilla y el wok de coliflor glaseada, que combinan influencias japonesas y peruanas con guiños al Mediterráneo. Antes de abandonar la mesa, Salazar presenta uno de los postres en los que está trabajando: una especie de volcán cubierto de ceniza que, al resquebrajarse, deja ver en su interior una delicada elaboración de mango.

Ubicado en la espectacular terraza del hotel, Nela es el concepto más sofisticado del resort. Inspirado en el restaurante de Ámsterdam creado por Hari Shetty y Ori Geller, compañeros de Salazar en este proyecto, aquí la cocina gira alrededor de las brasas. Platos como la vieira con calabaza o la sirvia a la robata con alcachofa de Jerusalén confitada reflejan una búsqueda de intensidad y equilibrio que caracteriza la propuesta.

Por su parte, Cone Club es el espacio más casual del triángulo gastronómico, con una propuesta mediterránea pensada para compartir. El lugar perfecto para un desayuno largo frente al mar o una relajada cena tras unos largos en la piscina infinita, mientras la sesión del DJ acompaña la puesta de sol. Al chef granadino, el ambiente le recuerda a aquellas comidas familiares donde los platos iban pasando de mano en mano.

Lo que todavía le emociona

Cuando se le pregunta qué sigue emocionándole después de casi veinte años de profesión, no habla de premios ni de reconocimientos. Habla de una carrillera de rape que ha agotado las existencias de algunos proveedores, de unos callos con cigalas que terminaron conquistando a los clientes o de platos que desaparecieron de la carta y que los huéspedes siguen reclamando años después. “Me encanta que la gente diga: ‘Yo esto no pensaba pedirlo’. Y que luego repita.”

La conversación termina en INODEQ Garden, el huerto ecológico del hotel. Entre tomates cebra, kale, fresas, zanahorias y hierbas aromáticas cultivadas a pocos metros del mar, Salazar habla de una cocina todavía más sencilla. “Tengo que sacar el menú de lo que está creciendo aquí”, dice mientras da a probar las últimas fresas o estruja un pimiento verde para que el visitante aprecie su olor. Junto a la cocina, imagina cenas para pequeños grupos donde parte del menú nace a pocos metros de la mesa. Allí todo gira alrededor del producto, la temporada y el sentido común.

Más allá de la mesa

En efecto, la gastronomía es hoy uno de los pilares de 7Pines, aunque no el único. La experiencia en el resort ibicenco combina cocina, bienestar y estilo de vida mediterráneo. A las novedades gastronómicas se suman espacios como el nuevo Padel Club, El Séptimo Cigar o Taittinger Champagne Bar, una elegante terraza donde champagne, ostras y caviar comparten protagonismo con las vistas a Es Vedrà.

La propuesta se completa con Pure Seven Spa, que ha desarrollado programas centrados en la longevidad y el bienestar integral, incluyendo experiencias de crioterapia, yoga, técnicas de respiración y nutrición personalizada. También destacan las Grand Villas, Villa Alba y Villa Aurora, concebidas para quienes buscan privacidad absoluta frente al Mediterráneo sin renunciar a los servicios del resort.

Cuando se le pregunta por el futuro, el chef ejecutivo no habla de aperturas concretas ni de reconocimientos. Habla de retos. No le atrae especialmente llegar a un lugar de referencia. “Mi objetivo es convertirlo en un referente”, afirma. Lo que le interesa es participar en ese proceso, asumir riesgos, construir una identidad propia y demostrar que un proyecto puede crecer. “Soy ambicioso. Y me gusta complicarme la vida”.

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