
En un país donde el picante no solo es sabor sino identidad, donde platillos típicos destacan por el picor de sus salsas, cada vez son más frecuentes las conversaciones —en mesas, redes sociales y mercados— sobre una aparente realidad: las salsas ya no pican como antes en la Ciudad de México. Lo que podría parecer una exageración nostálgica tiene, en realidad, varias capas que explican este fenómeno.
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El chile ha sido un pilar de la cocina mexicana desde tiempos prehispánicos. No es solo un ingrediente, es parte de nuestro lenguaje cultural y gastronómico: es un código de pertenencia, un marcador de territorio y una forma de entender el gusto. La intensidad de una salsa, su “bravura”, ha sido históricamente una señal de autenticidad, sobre todo en espacios populares como taquerías, fondas y mercados.

Sin embargo, esa intensidad ya no es uniforme en toda la ciudad. En zonas como Polanco, Roma, Condesa o Juárez, el crecimiento de nuevos públicos —incluyendo turistas y residentes extranjeros— ha influido en la manera en que se preparan las salsas. Muchos negocios han optado por versiones más moderadas para hacerlas accesibles a paladares menos acostumbrados al picante.

Este ajuste no es casual: responde a una lógica económica. Una salsa menos agresiva amplía el mercado y reduce el riesgo de rechazo. En otras palabras, el picante se negocia.
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El chile también evoluciona
A la par de los cambios urbanos, el propio ingrediente ha cambiado. Variedades de chiles como el jalapeño o el serrano han sido modificadas en procesos agrícolas para ofrecer mayor estabilidad en sabor, tamaño y producción. El resultado: chiles más predecibles… pero también, en muchos casos, menos intensos.

Esto impacta directamente en las salsas, incluso cuando las recetas se mantienen. Para muchos taqueros y cocineros, el nivel de picante es una decisión estratégica. Una salsa extremadamente picosa puede ser memorable, pero también excluyente. En un entorno competitivo, donde cada cliente cuenta, lo “medio picante” se vuelve la opción más rentable.
No se trata de perder tradición, sino de adaptarla.

Hay otro factor menos evidente: nosotros mismos. El consumo frecuente de picante eleva la tolerancia. Lo que antes hacía sudar hoy apenas se percibe. Así, la sensación de que “ya no pica” puede ser también una ilusión construida por la costumbre.
A pesar de esta tendencia, el picante no ha desaparecido. En mercados, tianguis y zonas menos intervenidas por dinámicas de gentrificación, las salsas conservan su carácter: intensas, directas, sin concesiones. Ahí, el chile sigue siendo protagonista, no accesorio.
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