El respeto por el entorno y la búsqueda del “saber hacer” mexicano ha llevado a estos proyectos arquitectónicos del Valle de Guadalupe a cruzar el terreno del hedonismo.
Hoy en estos espacios, la naturaleza, el diseño y la enogastronomía llevan una sola tarjeta de presentación.

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Clos de Tres Cantos

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Ana Lorenzana

Lo que iba a ser el proyecto de retiro de una pareja se convirtió en un templo del vino —casi literalmente. Cuando María Benítez, una antigua ejecutiva de Johnson & Johnson y Joaquín Moya, abogado y profesor de ética en la Universidad Iberoamericana, visitaron el Valle para una fiesta. Tras enamorarse del lugar y tomar cursos de enología junto a Hugo D’Acosta, decidieron iniciar su propia vinícola. Parte de los aromas y sabores de los vinos que se elaboran aquí, están hechos con prácticas de vinificación sustentables y socialmente equitativas y además se conciben bajo un trasfondo filosófico. Etiquetas como La Nada, Noesis, Hoja en blanco o Tú mismo son el ejemplo.

Además de los viñedos y la vinícola, el proyecto cuenta con una sala de degustación, dos habitaciones para huéspedes y un nuevo proyecto gastronómico llamado Ariette, del chef Abraham Sepúlveda, en el que el menú se adapta a lo que la naturaleza de los alrededores le da cada día.

Adobe Guadalupe

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Ana Lorenzana

Tru y Donald Miller se mudaron de Holanda al Valle de Guadalupe hace 22 años, cuando no había más que kilómetros de vasta naturaleza. Fruto de un incansable trabajo es el hecho de que su vinícola sea una de las paradas obligadas en la ruta del vino. La desviación promete una de las mejores degustaciones del Valle y varias copas de vino con nombres de arcángeles. El enólogo detrás es el chileno Daniel Lonnberg cuyo estilo y mezclas evocan al Viejo Mundo, pero con la fruta más madura, producto del clima cálido de este lado del Atlántico.

Aparte del vino la hacienda de Adobe Guadalupe está hecha para admirarse, para sumergirse en una profunda contemplación de elementos de inspiración persa. Otro rincón para descubrir es El jardín, donde el chef Jorge Aranda despliega su cocina de corte “farm to table”. Para tener todo fresco, diario manda traer de Ensenada el pescado y recolecta los vegetales del huerto que tiene a 5 metros de distancia.

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La Villa del Valle

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Ana Lorenzana

Los vinos de este proyecto, los Vena Cava, fueron fundados por Phil Gregory, quien en las 27 hectáreas de terreno que se ocupan para este proyecto reúne viñedos, una vinícola excepcional, el célebre restaurante Corazón de Tierra, Troika –el food truck dirigido por el chef Enrique Farjeat- y un hotel boutique que saca suspiros a destajo. En cualquiera de los espacios se disfrutan vinos como el Big Blend, el tempranillo, el vino naranja o incluso, alguno de los vinos experimentales que produce Gregory en menor escala.

A la hora de la cena, el restaurante Corazón de Tierra es el mejor lugar para estar en el Valle de Guadalupe —aun si no se cuenta con hospedaje en el hotel—. El menú del chef Diego Hernández Baquedano, como la naturaleza, está en constante evolución. Cada platillo es un paseo por el microecosistema de la Villa y un paseo veraniego por la mente y el corazón de Diego.

Encuentro Guadalupe

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Ana Lorenzana

Un sincero respeto por la naturaleza logró que este proyecto integrado por la vinícola, tres restaurantes y el hotel se convirtiera en uno de los refugios más especiales de la zona. Para construirlo, el arquitecto Jorge García pensó que lo mejor sería no intervenir directamente el terreno. La solución que encontró fue la de flotar los veintidós eco-lofts o habitaciones a través de unos pilotes de acero que se conectan, en todos sentidos, con la tierra

A la hora de la comida o de la cena, hay que llegar al restaurante Origen donde se ofrece una cocina hiperlocal inspirada en los productos que el chef Omar Valenzuela tiene disponibles en su enorme huerto. El Flora, un monovarietal de chardonnay con barrica, es el maridaje perfecto para dejarse encontrar por el atardecer en la terraza del restaurante. La última razón es el Raw Oyster bar, una terraza idónea para hacerse toda clase de selfies y en donde es posible encontrar producto fresco del Pacífico.

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Bruma

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En este proyecto, fundado hace tres años, lo lujoso es dejar que la naturaleza se exprese, gozar en su quietud y mimetizarse con el fondo. Lo que los socios vieron en un principio como un proyecto familiar, muy pronto se convirtió en una de las propuestas arquitectónicas más propositivas en cuanto a diseño, hospedaje y oferta enogastronómica de México. La estructura de la vinícola salió de la mente de Alejandro D’Acosta y se plasmó en materiales reciclados, acero y piedra. Los vinos están diseñados por Lulú Martínez, sus cuatro etiquetas (un chardonnay con barrica, otro sin barrica, un chenin blanc y un vino rosado de la uva sangiovese) son una experiencia fresca y desenfadada.

Junto a la vinícola se encuentra Fauna, el restaurante en el que David Castro Hussong ofrece platillos a la carta y un menú degustación “experimental”. Su cocina es casi minimalista: en cada plato se combinan juguetona y eclécticamente pocos ingredientes que van de lo local a lo hiperlocal, como los verdes y las hierbas que extrae de su huerto. Desde Fauna se puede llegar al hotel Casa 8 integrado por ocho habitaciones unidas por una casa principal y cuatro villas de estilo campestre de lujo.