Cuando el vino empieza a sonar
Man playing acoustic guitar with wine glasses in foreground

“La música nacía condenada a perderse, ya que el único vehículo para su transmisión, de una generación a otra, era la frágil memoria humana.”

Miguel Ángel Cajigal, Otra historia de la música

Hay una idea que solemos aceptar sin cuestionarla: el vino termina cuando el productor lo embotella. A partir de ese momento, pensamos, solo queda venderlo. Como si el descorche marcara el final de una historia y no el comienzo de otra.

Sin embargo, quizá estemos mirando el vino desde el lugar equivocado.



En el libro Otra historia de la música, Miguel Ángel Cajigal recuerda cómo, durante siglos, la música vivió condenada a desaparecer. Antes de la escritura musical, una composición solo existía mientras alguien pudiera recordarla o interpretarla. La partitura cambió esa realidad. No solo permitió conservar las obras, hizo posible que viajaran en el tiempo, que otros las estudiaran, las reinterpretaran y las hicieran crecer.

Una botella de vino se parece mucho más a una partitura de lo que imaginamos.

Cuando el enólogo termina su trabajo, la obra está escrita. El viñedo ha hablado, la añada ha dejado su huella y la bodega ha tomado cientos de decisiones invisibles para el consumidor. Todo ello queda encerrado en una botella como las notas sobre un pentagrama.

Pero una partitura no es todavía música.

Y una botella tampoco es todavía cultura.

El concierto aún no ha comenzado.

Una botella olvidada en un almacén posee todo el potencial para emocionar, pero ninguna emoción ha sucedido todavía. Contiene un gran vino, sí, pero todavía no contiene una experiencia. Para que esa obra cobre vida necesita algo más que un gran productor, necesita intérpretes.

Y es precisamente ahí donde comienza uno de los ecosistemas más fascinantes y paradójicamente, más invisibles del mundo del vino.

El primero en entrar en escena rara vez recibe aplausos. Distribuidores y vendedores son quienes consiguen que la partitura llegue al auditorio adecuado. Su trabajo suele resumirse injustamente en mover cajas, cuando en realidad mueven oportunidades. Son ellos quienes conectan la obra con el lugar donde podrá ser interpretada. Sin esa labor silenciosa, muchas de las mejores botellas jamás abandonarían el almacén, permanecerían perfectas, intactas y completamente mudas.

Después aparece una de las figuras más incomprendidas del sector.

El sumiller.

Todavía hay quien piensa que un sumiller está para descorchar botellas. Es una idea tan reduccionista como creer que Leonard Bernstein se limitaba a mover una batuta.

Un gran sumiller no sirve vino. Lo interpreta.

Beethoven escribió la Novena Sinfonía y Herbert von Karajan no añadió una sola nota. Sin embargo, cambió para siempre la manera en que millones de personas la escucharon y además le sirvió para consagrar a la Filarmónica de Berlín a nivel mundial. Quizá esa sea la mejor definición posible de un gran sumiller. No crea el vino, pero puede cambiar por completo la forma en que lo vivimos.

La temperatura, la copa, el momento, el plato, la conversación o incluso el silencio pueden transformar una misma botella en experiencias radicalmente distintas. Igual que ocurre con una gran obra musical, la interpretación nunca sustituye al autor, pero sí puede amplificar la obra.

Después llegan quienes ponen palabras a aquello que sucede en la copa, periodistas, críticos, comunicadores y guías. Odiados y alabados a partes iguales, crean una masa crítica de un producto, una idea o un servicio, para el mundo.

Su función nunca debería consistir en decirnos qué debemos beber, sino en ayudarnos a comprender por qué merece la pena hacerlo, aunque pocas veces esto se cumple porque parece ser que nos re programaron para buscar el “que tengo que hacer y donde comprarlo en un solo clic”. Que daño hizo para nuestra capacidad de pensar entrar en la dictadura del instante, la era de la impaciencia y la cultura de la inmediatez.

Hay quien sostiene que un vino no existe hasta que aparece en una guía, aunque es una teoría discutible. Sería como afirmar que Glenn Miller nunca dirigió una gran orquesta hasta que alguien escribió una crítica sobre él. Las críticas ayudan a escuchar mejor, pero nunca sustituyen al primer acorde.

Desde luego los puntos, los famosos puntos, hacen que las ventas de un vino se desaten y los precios tomen tierra para despegar.

Explicar un paisaje, una familia, una variedad o una decisión de viticultura no cambia el vino, cambia nuestra forma de acercarnos a él. Y esa diferencia es enorme.

Existe otra figura que rara vez ocupa titulares y, sin embargo, sostiene buena parte del edificio.

La formación.

En el mismo capítulo donde Cajigal explica la importancia de la escritura musical aparece Guido de Arezzo, el monje que desarrolló un sistema capaz de enseñar música de una manera completamente nueva. Aquella innovación no solo permitió conservar las composiciones, permitió que la música evolucionara porque miles de personas comenzaron a compartir un mismo lenguaje.

En el vino sucede exactamente lo mismo.

Escuelas, formadores, sumilleres y certificaciones no solo transmiten conocimientos. Construyen un idioma común. Gracias a ellos hablamos de terroir, de añadas, de equilibrio o de crianza con una precisión impensable hace apenas unas décadas. No enseñan únicamente a catar, enseñan a interpretar.

Y entonces aparece el protagonista que menos suele mencionarse.

El consumidor, no como cliente, como público.

Porque ningún concierto existe sin alguien dispuesto a escucharlo.

Todo el esfuerzo acumulado desde el viñedo hasta la copa carecería de sentido si nadie quisiera emocionarse, descubrir, preguntar o recordar una botella.

El consumidor tiene la última palabra. Afortunadamente. Porque si el destino de una botella dependiera únicamente de quienes escribimos sobre vino, muchas bodegas vivirían de aplausos, pero tendrían serias dificultades para pagar la factura de la luz.

Quizá por eso resulta tan simplista medir el éxito de un vino únicamente por una puntuación o por el número de botellas vendidas.

Los grandes vinos sobreviven porque permanecen en la memoria de las personas.

Porque regresan a una conversación años después, porque alguien los recomienda.

Porque alguien decide abrir otra botella para celebrar algo importante y porque consiguen resonar.

Siempre he sospechado que algunas botellas tienen más miedo de quedarse olvidadas en un almacén que de enfrentarse a una cata a ciegas. Y, pensándolo bien, no les falta razón. Un vino puede sobrevivir décadas encerrado entre cuatro paredes, pero solo empieza a existir de verdad cuando alguien rompe el silencio del corcho.

Solemos decir que un gran vino nace en el viñedo.

Es cierto, pero quizá esa sea solo la primera nota de la partitura.

Después necesita distribuidores que lo acerquen, vendedores que lo defiendan, sumilleres que lo interpreten, periodistas que lo expliquen, escuelas que enseñen su lenguaje y consumidores dispuestos a escucharlo.

Solo entonces la obra está completa.

Porque una botella, por extraordinaria que sea, permanece en silencio mientras nadie la interpreta.

Es justo ahí, cuando deja de ser únicamente vino para convertirse en una experiencia compartida, donde el vino empieza a sonar.

Quiero dedicarlo a todas aquellas personas que forman parte de la cadena de valor, productores, importadores, distribuidores, periodistas, críticos, sumilleres y los consumidores.

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