Al llegar a Helena uno se siente en un oasis escondido entre las calles de la colonia Juárez. Si bien sus altos muros blancos con telares colgantes, la puerta y ventanas dibujadas por grandes arcos y el enorme tragaluz sobre los comensales te hacen pensar en Marruecos, la comida es una interesante mezcla de sabores de Oriente Medio, México e Indonesia.

Los mariscos predominan en el menú, como el pulpo a la leña con un punto de cocción perfecto —crujiente por fuera y suave por dentro— adobado en un salsa de habanero y piña. Para este te recomendamos un side de vegetales glaseados y jocoque de la casa que también juega con los ácidos y agridulces. Hay otros platillos más experimentales en los que Ojeda usa sabores de aquí y allá que pueden parecer extraños pero en realidad son bastante sabrosos. Para muestra la tártara de papaya ahumada con jengibre y jalapeño y las saté de pollo, brochetas inspiradas en la cocina indonesa bañadas en curry y cacahuate por con un toque de chiltepin.

Si solamente vas a comer, no dejes de probar los postres, una de las especialidades de la casa. El key-lime pie tiene un balance perfecto entre dulce y ácido que en ningún momento te abruma, el merengue que lo cubre es crujiente con notas a caramelo y el sorbete de frutos rojos que lo acompaña un toque refrescante que siempre se agradece.

También cuenta con un puñado de cortes al carbón y otro puñado de tacos. Sus entradas y ensaladas tienen para todos los gustos, desde un Callo Chowder o un caldo de costilla hasta tiradito de cecina o una ensalada de nopales curados.

Su concepto es bastante versátil. Por la mañana en la planta baja solo encontrarás una barra de café con pan hecho en casa y baguettes sencillas para llevar. Pero una vez pasado el mediodía el restaurante del segundo piso abre sus puertas. Más tarde el ambiente se vuelve el de una terraza que se goza, en la que la barra y sus cocteles de autor son protagonistas —en fin de semana hay un DJ en vivo— el lugar ideal para empezar una larga noche de fiesta. Después de las 10 de la noche su menú se reduce a un puñado de tacos, por si te quedaste con algo de hambre o quieres cargar pilas antes de salir a explorar.

A Helena no vas por comida compleja que te va a volar la cabeza, pero si por una experiencia en la que la arquitectura, el juego de sabores y el ambiente festivo prometen una tarde rica, de esas con las que todos soñamos en el verano.