En los últimos años, la Ciudad de México se ha consolidado como uno de los destinos urbanos más atractivos del continente. La gastronomía, el diseño, el arte contemporáneo y la vida cultural han impulsado la llegada de viajeros internacionales que ya no buscan únicamente un lugar para dormir, sino espacios capaces de ofrecer una lectura más profunda del destino.
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Ese fenómeno ha propiciado el crecimiento de una nueva generación de hoteles independientes de pequeña escala, proyectos donde la arquitectura, el interiorismo y la curaduría cultural forman parte de la experiencia de hospedaje. Al mismo tiempo, esta transformación ocurre en colonias como Roma y Condesa, protagonistas de discusiones sobre turistificación, encarecimiento del suelo y cambios en la vida cotidiana de sus habitantes, recordando que el desarrollo turístico también implica desafíos para las ciudades que lo reciben.
Mientras organismos como la OCDE plantean la necesidad de que el crecimiento del turismo avance bajo principios de sostenibilidad y equilibrio territorial, la Ciudad de México continúa ampliando su oferta de hospedaje para responder a una demanda internacional que mantiene una tendencia al alza.

Una experiencia que comienza con el espacio
Es en ese contexto donde aparece Colima 71, un hotel de apenas 16 habitaciones ubicado en una de las calles más emblemáticas de la Roma Norte. Detrás del proyecto se encuentran Joaquín Lanz y Ana Margarita Ongay —curadora de arte—, quienes plantearon un espacio cuya intención no es reproducir los estereotipos más conocidos del país, sino construir un recorrido por distintas expresiones del México contemporáneo a través del diseño, la arquitectura, la artesanía y la gastronomía.
“Desde un principio este fue un proyecto pensado para brindar a los huéspedes una visión de un México que va más allá de Frida Kahlo, el mariachi y el tequila”, explica Lanz.
La privacidad marca el recorrido desde el primer momento. La puerta permanece cerrada al público y el acceso únicamente es posible mediante autorización previa. Una vez dentro, el hotel comienza a desplegar una colección permanente donde conviven artesanías tradicionales con obras de artistas contemporáneos, estableciendo un diálogo constante entre ambos lenguajes.
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Arte y arquitectura como hilo conductor
Piezas provenientes de comunidades artesanales de Michoacán y Guerrero acompañan el trayecto hacia el lobby. Conforme se asciende por el elevador aparece una Virgen elaborada en popotillo por artesanos de Baja California; las fotografías de Iñaki Bonilla documentan distintas casas en proceso de desaparición; mientras que una escultura del artista guatemalteco Darío Escobar, construida con llantas de bicicleta e inspirada en Quetzalcóatl, atraviesa verticalmente el edificio desde la planta baja hasta los pisos superiores. Al exterior, la enorme cabeza olmeca creada por Chavis Mármol aplastando un Tesla Model 3 funciona como otra de las intervenciones que vinculan pasado y presente; una versión a pequeña escala acompaña cada habitación como parte del relato del hotel.

La arquitectura también participa de esa narrativa. El edificio fue diseñado por Alberto Kalach, cuya intervención puede reconocerse en elementos estructurales como las escaleras de hierro, mientras que los interiores integran maderas como el ziricote, originario del sureste mexicano, textiles, barro y materiales provenientes de diferentes regiones del país.
Queríamos crear un ecosistema que integrara artistas mexicanos con trayectorias sólidas y que, al mismo tiempo, permitiera entender la riqueza material y cultural de México”.- Joaquín Lanz.
Esa misma lógica continúa dentro de las habitaciones. Distribuidas en seis categorías, las 16 suites incorporan cocineta, blancos confeccionados en Portugal, amenidades elaboradas con miel por artesanos de Yucatán y chocolates provenientes de Oaxaca que reciben a cada huésped. El aroma de palo santo termina de construir una atmósfera donde cada objeto busca remitir a algún oficio o territorio mexicano.
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La gastronomía como parte del relato
Más que incorporar un restaurante, el proyecto decidió aprovechar la diversidad gastronómica de la colonia Roma y convertir la comida en una serie de experiencias privadas. Una de ellas propone recorrer distintas regiones del país mediante una cata de chocolates mexicanos acompañados por mezcales de Michoacán, Oaxaca y Puebla, evitando una lógica rígida de maridaje para privilegiar la exploración personal de sabores.
La experiencia se presenta sobre una pieza creada por el ebanista Don S. Shoemaker; los mezcales se sirven en pequeños recipientes de barro elaborados en Santa María Atzompa, mientras que el chocolate descansa sobre bases de obsidiana trabajadas por artesanos de Teotihuacán. Toda la vajilla utilizada dentro del hotel proviene igualmente de talleres oaxaqueños, incluyendo una taza de barro rojo reservada exclusivamente para servir chocolate.
Otra de las degustaciones reúne quesos de vaca y oveja elaborados en distintas regiones del país, acompañados por mieles, chiles y tostadas de nopal. Más que construir un menú, la intención es utilizar la gastronomía como otra vía para acercarse a los oficios y materias primas mexicanas.

Una puerta de entrada a la ciudad
El mismo principio orienta las experiencias fuera del hotel. Colima 71 organiza recorridos por la ciudad con especialistas en historia, arte o antropología, además de visitas a distintos puntos de interés mediante una red de colaboradores seleccionados por el propio equipo. La ubicación del inmueble permite, además, recorrer a pie buena parte de la oferta cultural y gastronómica de la Roma Norte.
Durante la Semana del Arte, ese diálogo se amplía con exposiciones e instalaciones temporales que convierten al edificio en un espacio de encuentro entre hospitalidad y producción artística.
Joaquín Lanz reconoce que el principal interés del proyecto ha sido responder a una creciente demanda de viajeros internacionales, particularmente provenientes de Nueva York y California. Sin embargo, asegura que también buscan abrir el espacio al público local, entendiendo que el hotel puede funcionar como un punto de encuentro con la arquitectura, la artesanía, el diseño y la gastronomía mexicana más allá del hospedaje.
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Hospitalidad que también cuenta historias
En un momento en que los hoteles independientes participan cada vez más de la conversación cultural de las grandes ciudades, Colima 71 plantea una lectura donde el hospedaje funciona como soporte para contar historias. No pretende resumir a México en una colección de símbolos reconocibles; busca, en cambio, construir una narrativa donde la arquitectura, el diseño, la artesanía y la cocina dialogan entre sí para mostrar algunas de las múltiples capas que conforman el país.

Colima 71
C. Colima 71, Roma Nte., Cuauhtémoc, 06700, CDMX.
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