Cuando Nahui Olin caminaba la ciudad, México también reinventaba su cocina
Foto: Roberto Carlos Román, Unsplash

Cada 8 de julio se conmemora el natalicio de María del Carmen Mondragón, Nahui Olin, (1893-1978), una de las artistas más fascinantes y transgresoras del México del siglo XX. Pintora, poeta y musa de la escena cultural posrevolucionaria, hizo de la Ciudad de México el escenario de una vida que desafió las convenciones de su época.

Pero mientras ella transformaba la manera de entender el arte, el país atravesaba otra revolución silenciosa: la de su cocina.

Las décadas de 1920 y 1930 fueron decisivas para definir la identidad gastronómica mexicana. Tras la Revolución, intelectuales, investigadores, cocineras, instituciones y gobiernos comenzaron a mirar hacia los ingredientes, las recetas y las cocinas regionales como parte del patrimonio cultural del país. De acuerdo con investigaciones presentadas por el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y el Instituto Mora, fue durante este periodo cuando la gastronomía dejó de entenderse únicamente como una necesidad cotidiana para convertirse en un elemento de construcción de la identidad nacional.



Una ciudad que buscaba definirse

La Ciudad de México que recorría Nahui Olin era una capital en transformación. A la modernización urbana se sumaba una intensa efervescencia intelectual en la que pintores, escritores, fotógrafos y músicos debatían el futuro cultural del país.

Ese mismo proceso ocurría en las cocinas.

Durante el Porfiriato, la alta sociedad había adoptado buena parte de las costumbres culinarias francesas. Los banquetes, los menús afrancesados y los vinos europeos representaban un ideal de sofisticación. Sin embargo, tras la Revolución comenzó un cambio de mirada: la cocina tradicional mexicana empezó a reivindicarse como una expresión cultural propia y no como una práctica asociada únicamente a las clases populares.

Investigaciones del INAH explican que este proceso fue gradual y alcanzó su mayor impulso entre las décadas de 1930 y 1960, cuando el maíz, el chile, el cacao, la calabaza y otros ingredientes originarios comenzaron a ocupar un lugar central en el discurso sobre la mexicanidad.

Cuando Nahui Ollin caminaba la ciudad, México también reinventaba su cocina
Foto: Wouter Supardi, Unsplash

Los cafés también alimentaban las ideas

En aquellos años, la vida cultural no se desarrollaba únicamente en galerías o talleres. Los cafés se consolidaron como puntos de encuentro donde circulaban conversaciones, proyectos editoriales y discusiones artísticas.

El café mismo vivía un momento de expansión. De acuerdo con el Sistema de Información Cultural de la Secretaría de Cultura, aunque había llegado a México desde el siglo XVIII, fue hacia las primeras décadas del siglo XX cuando terminó por desplazar al chocolate como la bebida cotidiana de buena parte de la población urbana, impulsando una nueva cultura alrededor de estos establecimientos.

Aquellos espacios reunían a periodistas, escritores, políticos y artistas que participaban activamente en la construcción de una nueva identidad nacional, una conversación en la que la gastronomía también comenzaba a ocupar un lugar relevante.

El regreso de los ingredientes mexicanos

Uno de los cambios más importantes de la época fue la revaloración de los productos originarios.

Durante años, algunos discursos científicos y políticos habían cuestionado el valor nutricional del maíz y de los alimentos tradicionales. Sin embargo, conforme avanzó el periodo posrevolucionario, investigadores, cocineras e intelectuales comenzaron a defenderlos como parte esencial del patrimonio mexicano.

El investigador Luis Ozmar Pedroza Ortega, del Instituto Mora, explica que figuras como Josefina Velázquez de León desempeñaron un papel fundamental al difundir la cocina regional mediante libros, programas de radio y publicaciones que ayudaron a consolidar la idea de una cocina nacional mexicana.

Gracias a este movimiento, ingredientes como el maíz, el cacao, la vainilla, el jitomate y los chiles dejaron de verse únicamente como alimentos cotidianos para convertirse en símbolos culturales del país.

La gastronomía como una expresión artística

Resulta difícil no encontrar un paralelismo entre ese momento culinario y la obra de Nahui Olin.

Mientras artistas como ella, Diego Rivera, Frida Kahlo o los muralistas buscaban representar un México propio, lejos de las referencias exclusivamente europeas, la cocina emprendía un camino similar: mirar hacia el territorio, sus ingredientes y sus tradiciones para definir una identidad común.

Hoy, esa visión parece natural. Sin embargo, fue el resultado de décadas de trabajo de cocineras, investigadores, antropólogos y promotores culturales que entendieron que un país también puede narrarse desde la mesa.

Quizá por eso, recordar a Nahui Olin es también una oportunidad para mirar el contexto que hizo posible su obra. La ciudad que ella habitó no solo estaba reinventando el arte mexicano; también estaba descubriendo que sus mercados, sus cocinas y sus sabores eran una de las expresiones más profundas de su cultura.

Cuando Nahui Ollin caminaba la ciudad, México también reinventaba su cocina
“En el panteón”, Nahui Olin

Fuentes: Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH): “Durante el periodo posrevolucionario, la gastronomía se convirtió en un elemento clave en la construcción de la identidad nacional” | Diario de Campo (INAH): “De cultura alimentaria, cocina tradicional y gastronomía mexicana” | Sistema de Información Cultural, Secretaría de Cultura: “El café mexicano”

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