León merece una escapada el 13 de junio

Ponga una fecha en el calendario: 13 de junio. No por una inauguración, ni por una ruta de moda, ni por una de esas listas que convierten las ciudades en productos de consumo rápido. Ese día León tiene un plan con bastante más fondo: El Gallo Wine Fest, una cita que reunirá en el Hotel Real Colegiata de San Isidoro a cerca de 50 bodegas, productores españoles, espumosos internacionales, dos catas magistrales y un campeonato de porrón que promete aliviar cualquier exceso de solemnidad.

León no necesita demasiada decoración para funcionar. Tiene el tamaño adecuado para caminarla, una cocina que no se agota en el tópico y una provincia con dos denominaciones de origen, Bierzo y León, que bastarían por sí solas para tomarse en serio su relación con el vino. Lo llamativo es que, durante mucho tiempo, la ciudad no siempre ha explotado esa condición con toda la fuerza posible. El Gallo Wine Fest aparece precisamente ahí: como una excusa para mirar León desde la copa, pero también desde la mesa, la calle y el patrimonio.

El escenario elegido importa. San Isidoro no es un recinto cualquiera. En una época en la que muchos festivales podrían celebrarse indistintamente en una nave, un palacio de congresos o un patio bonito, aquí el lugar añade lectura. Se beberá vino en un espacio cargado de memoria, en un hotel ligado a uno de los conjuntos históricos más reconocibles de la ciudad. No es un detalle estético. Es parte del plan.



La entrada general cuesta 50 euros e incluye acceso al festival, copa y degustación de los vinos de las bodegas participantes. Habrá también espacios gastronómicos, no incluidos en el precio, para acompañar una jornada que no está pensada como una sucesión mecánica de copas, sino como un recorrido con pausas, encuentros y descubrimientos.

Qué se va a beber

El Gallo Wine Fest reunirá una selección de productores españoles con perfiles diversos: bodegas consolidadas, proyectos familiares, elaboradores de pequeña escala y nombres que interesan a quienes siguen el vino más allá de la etiqueta de supermercado. La idea no es competir por número, sino por criterio.

Junto a esa representación nacional habrá un apartado internacional en el que los espumosos tendrán un peso especial. Ese punto abre el festival a otras geografías y permite que el recorrido no se quede encerrado en una sola lectura del vino. Para el visitante, la gracia estará en moverse de una mesa a otra sin un guion demasiado rígido: probar, comparar, preguntar, volver atrás si hace falta y dejarse sorprender por una botella que no estaba prevista.

Este tipo de encuentros tiene una ventaja clara frente a una cata convencional: el vino no llega solo. Llega con alguien detrás. Un bodeguero, un enólogo, un distribuidor o una persona capaz de explicar por qué esa botella sabe como sabe. Para quien disfruta bebiendo, pero también entendiendo, esa cercanía cambia la experiencia.

Dos nombres propios

El programa reservará espacio para dos catas magistrales de aforo reducido. La primera estará dirigida por Armando Guerra, responsable de Taberna der Guerrita, y llevará por título Er Guerrita, punto de encuentro. Quien haya seguido algo el mapa del vino en España sabe que Sanlúcar no se entiende igual sin figuras como Guerra, capaz de convertir una taberna en lugar de peregrinación para aficionados, productores y profesionales.

La segunda cata será Vanguardia mediterránea, a cargo de Bernat Voraviu, de Ithaca Wines. El título ya marca otra dirección: una mirada hacia el Mediterráneo que se aleja de la postal fácil y se acerca a vinos, productores y territorios con discursos menos previsibles.

Cada cata tendrá una duración aproximada de una hora, un aforo limitado a 25 personas y un precio de 25 euros. Dentro de un festival con movimiento, estas sesiones funcionarán como habitaciones más pequeñas: sitios donde bajar el ritmo, escuchar mejor y dejar que el vino se explique con más tiempo.

El detalle que lo cambia todo: el porrón

Hasta aquí, el festival podría parecer una cita vinícola bien armada, con sede bonita, selección cuidada y catas interesantes. Pero entonces aparece el Porrón Masters Campeonato Nacional de Bebedores a Porrón y el tono cambia. Para bien.

El porrón introduce algo que al vino le viene muy bien de vez en cuando: falta de solemnidad. Hay en él una destreza antigua, una alegría un poco torpe, una forma de compartir que no pide permiso a la corrección contemporánea. No hay ficha de cata que resista un buen chorro de porrón cruzando el aire.

Su presencia dentro del festival funciona casi como declaración de principios. El vino puede ser complejo, emocionante, técnico, caro, raro o memorable. Pero también puede ser una carcajada, una mancha en la camisa, un aplauso de amigos y un gesto que pasa de mano en mano. El Gallo Wine Fest parece entender que una cosa no anula la otra.

Por qué interesa fuera de León

El festival cuenta este año con el respaldo del Ayuntamiento de León, dentro de una línea de apoyo a propuestas que refuercen la ciudad como destino asociado al vino, la gastronomía, el patrimonio y el turismo de calidad. La institución ve en el Gallo una herramienta de promoción, pero el interés real está en lo que ya empieza a ocurrir: visitantes de distintos puntos de España han acudido en ediciones anteriores, y la venta anticipada de este año confirma que esa tendencia continúa.

Esto no es menor. Muchas ciudades aspiran a atraer viajeros gastronómicos, pero pocas consiguen crear una excusa concreta para que alguien marque una fecha. León ya tenía mesa, historia y escala. El festival añade convocatoria.

Para quien viaje, el plan se entiende rápido: llegar a León, alojarse cerca del centro, dedicar el día al vino en San Isidoro, comer algo entre medias, salir después a comprobar que la ciudad no se acaba en el recinto y regresar con la sensación de haber hecho algo más que asistir a un evento.

El plan completo

El 13 de junio, El Gallo Wine Fest no pretende inventar León. Tampoco hace falta. Su mérito está en reunir piezas que ya estaban ahí -vino, cocina, patrimonio, hospitalidad- y ordenarlas durante un día alrededor de una cita con personalidad propia.

Habrá cerca de 50 bodegas. Habrá productores españoles y vinos internacionales. Habrá dos catas con nombre y apellidos. Habrá gastronomía, visitantes de fuera y un porrón dispuesto a recordar que beber también puede ser un juego serio.

Food & Wine trata a menudo de eso: de los lugares donde comer y beber ayudan a entender mejor una ciudad. León tendrá el 13 de junio uno de esos días. No hace falta exagerarlo. Basta con llegar, levantar la copa en San Isidoro y dejar que el resto lo haga la ciudad.

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