El vino naranja es una técnica alternativa a la elaboración tradicional del vino blanco que, de hecho, la hermana con el vino tinto. Sin ir más lejos, se puede decir que el vino naranja se trata de un vino blanco con alma carmesí.

¿Tradición o tendencia?

El origen de los vinos de tonalidad naranja es todo menos reciente y sería inapropiado catalogarlos como una nueva tendencia. De hecho aparecieron hace unos 4,000 años en el Cáucaso, específicamente en Georgia, región donde aún se elabora siguiendo la técnica ancestral. Desde ahí la práctica se expandió hacia Eslovenia, luego a Italia hasta llegar a Francia y prácticamente al resto de países que hoy lo producen. Pero es en Estados Unidos y Australia donde toma relevancia su elaboración y por primera vez se les denominan Orange Wine (Vino naranja) por su particular paleta cromática.

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¿A qué saben?

Estos vinos tienen por lo general un gran carácter y una estructura similar a la del vino tinto pero conservan todo el frescor característico de los blancos. Entre sí pueden tener diferencias de tonalidades que varían entre el dorado, el ámbar, el durazno e incluso el café y con una intensidad de aromas amplia y rica. Destacan las notas a ralladura de naranja, especias como el azafrán, aspectos florales o hasta ahumados. Algunos, sometidos a maceraciones y envejecimientos prolongados, llegan a desarrollar aromas de tierra y musgo.

Al degustarlos, aun cuando la nariz anticipe un gusto dulce, serán bastante secos generalmente. A la hora de armonizarlos con la comida pueden ser tremendamente versátiles, razón por la cual ya tienen su espacio dentro de las cartas de vinos de restaurantes que prestan especial atención al perfecto maridaje pero que, sobre todo, buscan proponer opciones auténticas y atrevidas.

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¿Cómo se hace?

El vino blanco comúnmente se obtiene mediante la fermentación del mosto (jugo) de la uva blanca en la que no participan las pieles del fruto. Los vinos naranjas tienen una aproximación diferente: el jugo se macera por pocas semanas o hasta meses con todo y su hollejo (piel que recubre la uva). Por eso se suele decir que su elaboración se aproxima más al proceso que siguen los tintos. Todas las variedades de uva blanca pueden ser utilizadas para la producción de vino naranja y la vinificación dependerá de la región donde se elaboran y el estilo y filosofía de cada productor.

Algunos siguen la tradición georgiana de fermentar el vino en ánforas enterradas o semienterradas en el suelo. Esta es una práctica que atrae de manera particular a quienes elaboran vinos naturales porque la extracción de compuestos de las pieles de la uva tiene la bondad de proteger naturalmente a los vinos de la oxidación reduciendo el uso de sulfitos a la hora del embotellado.

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Las ánforas y los tiempos de fermentación no son reglamentarios y varían considerablemente entre los productores. Esta variación puede ser tan amplia que algunos productores como Stanko Radikon, en Eslovenia, y quien fuese un referente en la elaboración de vinos naranjas, decidió extender la maceración con sus pieles hasta por tres o cuatro meses. Hay productores más extremos: algunos maceran durante diez meses y no falta el atrevido que las deja el año completo.