Desde hace más de veinticinco años, Amador Montes convierte la memoria en color. Su pintura, reconocida en galerías de América, Europa y Asia, habla de raíces, de viajes y de instantes personales que se transforman en símbolos universales. En cada obra, el artista oaxaqueño redefine la forma de mirar el arte —y la vida— desde la emoción.
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Entre el aroma del chocolate y la textura del asfalto, la obra de Amador Montes se nutre de recuerdos, de la cocina de su madre y de los sabores que marcaron su infancia. En cada trazo, el artista rescata la belleza de lo cotidiano: la cocina como lenguaje, el acto de alimentar como una forma de amor.
Para Amador Montes, la cocina no es un espacio físico, sino un territorio emocional. Hablar de ella es hablar de su madre, Carmen, de su infancia en Oaxaca, del sonido del metate y del perfume del cacao tostado. “El acto más grande que hacía mi mamá era dar de comer a la gente que quería. Para mí es el acto más lindo de amor que hay”, recuerda con la serenidad de quien sabe que en la memoria también se cocina.

Desde niño, Amador observó con asombro la precisión y la entrega con la que su madre preparaba los alimentos. No había recetas escritas, sólo un conocimiento transmitido por generaciones. “Mi mamá lo aprendió de su abuelita, y su abuela de la misma forma. Era una cadena viva”, cuenta. En esa casa, los días estaban marcados por los horarios de las comidas y el amor se medía en cucharadas. Carmen se levantaba temprano para preparar el desayuno, la comida y la cena; su alegría era ver a los suyos alimentarse. “Nunca pensó en ella —dice Amador—, y eso me parece lo más hermoso”.
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El inicio
Fue en esa cocina donde el arte encontró su primer pigmento. Cada tarde, después de comer, mientras su madre cocinaba el chocolate que vendía para ayudar en casa, él dibujaba sobre la mesa. Un día tomó un poco del chocolate con agua y lo mezcló sobre el papel. El resultado fue un tono oscuro, terroso, cercano al asfalto. Años más tarde buscaría reproducirlo en óleo, sin saber que ese color se convertiría en su sello visual. “Ese color me recuerda todo: la cocina, mi mamá, el olor del chocolate caliente”.
La historia de sus padres parece escrita con el realismo de la tierra oaxaqueña. Ella, de familia acomodada; él, un hombre humilde. Los unió la comida: “Mi papá se enamoró de mi mamá por su forma de cocinar —dice Amador entre risas—. Decía que nadie comía como él”. En su casa la fuerza no estaba en el lujo, sino en la mesa: los amigos llegaban por el gusto de comer, los olores se convirtieron en un lenguaje compartido y la cocina era el verdadero corazón del hogar.
Aunque Carmen murió cuando él era aún joven, su presencia nunca se fue. Vive en cada flor que pinta, en cada serie que evoca la infancia, en los jardines imaginarios que florecen sobre el lienzo. “Pintar es recordarla —confiesa—. Cuando pinto, vuelvo a ese tiempo, a esos olores”.

De lo íntimo a lo contemporáneo
Su relación con la cocina fue el puente hacia la gastronomía contemporánea. Desde su taller en Oaxaca, Amador ha sido testigo del cambio que transformó los fogones familiares en templos de alta cocina. “Antes no existían los restaurantes caros ni las categorías. Era la cocina y ya —dice—. Ahora se enaltecen cosas que para mí eran muy normales”.
Su cercanía con chefs como Alex Ruiz lo ha llevado a explorar nuevas formas de diálogo entre arte y gastronomía. Juntos han creado piezas que trascienden lo visual: desde menús ilustrados con tinta y café, hasta colaboraciones que celebran los ingredientes como símbolos de identidad. “Esa carta que hicimos con Alex parece un libro de arte —cuenta—. Está llena de mis dibujos, ajos, chiles, flores. Me encanta porque me recuerda a mi mamá, a su manera de cocinar”.
Alguna vez incluso compartió con el público la intimidad de la cocina de Carmen, cuando expuso en Casa Lamm un recetario que ella misma escribió con puño y letra, mismo que fue un regalo de su tía y que intervino con sumo amor.
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De vino y mezcal
En los últimos años, Amador ha ampliado su universo sensorial. También ha diseñado etiquetas para vino —como la que realizó para Hilo Negro—. Pero sin duda su bebida favorita es el mezcal: “En mi casa el mezcal era medicina —dice—. Para todo. Si estabas triste, si te dolía algo, si llegaba una visita. Era parte esencial de la vida diaria”.

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