
Desde Tel Aviv hasta Poblenou, la marca de cuchillos artesanales liderada por Tomer Botner y Noam Blumenthal afila su identidad con una colección que celebra la precisión, la belleza y la comunidad.
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Un cuchillo es solo una herramienta… hasta que lo empuñas y entiendes que hay instrumentos que transforman la manera en que cocinas, piensas, incluso cómo recuerdas una comida. En el taller de Florentine Kitchen Knives, los filos cuentan historias: de acero y mango, sí, pero también de tradición, diseño, oficio y vida compartida.

Ubicados en el barrio barcelonés de Poblenou, Tomer Botner y Noam Blumenthal reciben entre hojas afiladas y materiales nobles. Allí fabrican —desde hace más de una década— cuchillos que se han ganado un lugar en cocinas de todo el mundo, tanto de chefs renombrados como de cocineros aficionados. En 2025, celebraron su colección más extensa. Pero lo que lanzan es mucho más que un producto.
Barcelona, un nuevo hogar
“Queríamos experimentar cómo sería vivir en otro lugar”, recuerda Noam, que fundó la marca junto a Tomer en el barrio de Florentin, en Tel Aviv. “Amamos nuestra ciudad, pero mudarnos nos permitió crecer y conectar mejor con la escena culinaria global. Yo había vivido en España de joven y me encantó. Pensamos que Barcelona se parecería a Tel Aviv, y aunque en algunos aspectos sí, en muchos otros es radicalmente distinta. Pero ahora es nuestro hogar”.
En su taller, el oficio se respira. Se afilan hojas, se ensamblan mangos, se escucha el sonido del metal siendo tratado con respeto. El cuchillo, aquí, es una extensión de la mano que lo usa. Y también, un objeto con alma.

Diseñar con la mirada
Tomer viene del diseño industrial; Noam, del mundo de la moda. Y aunque parecen campos dispares, aseguran que el puente entre ambos es más sólido de lo que parece. “Nos importa profundamente la funcionalidad y la experiencia del usuario”, explica Tomer. “Yo me ocupo del diseño y desarrollo, con aportes del equipo, y Noam entra en la fase de afinado. Confiamos en la mirada del otro. Tenemos ojos muy entrenados para el detalle”.
“No se trata solo de que el cuchillo sea bonito”, añade Noam, “sino de que funcione de forma intuitiva. Que cuando lo tomes en la mano, lo sientas natural. Y eso se logra a través de la forma, el peso, el equilibrio…”.

Una colección para cortar con un fin
Con 12 modelos nuevos —del delicado paring al potente chopper large-, la colección del pasado 2025 es la más versátil y ambiciosa hasta la fecha. “Hemos ampliado no solo las formas y funciones; también los materiales y acabados”, explica Tomer. “Nos interesaba que cada cuchillo hablara el lenguaje de su usuario: no todos cocinan igual, ni cortan igual”.
El resultado es una gama que incluye cuchillos de carne orientales y occidentales, paneros dentados, filosos slicers y versiones grandes y pequeñas del chef clásico. “También añadimos protectores de hoja con fieltro rojo y una moneda de la suerte. Nos gusta que los objetos tengan símbolos”, dice Noam.

El mango apilado, una seña de identidad
Uno de los sellos de Florentine es el mango apilado, que combina capas de materiales como madera, micarta (un tipo de resina que combina durabilidad, un cómodo agarre y propiedades antideslizantes, que se considera el material de mejor calidad para elaborar mangos de cuchillo) “Permite un nivel de personalización único”, cuenta Tomer. “No hay dos iguales. Cada cuchillo es un reflejo de quien lo elige”.
La nueva web incluye un personalizador online inmersivo, con el que los clientes pueden diseñar su cuchillo paso a paso. “Es parte de nuestra filosofía: invitar a las personas a formar parte del proceso creativo”, añade Noam.

El cuchillo que eliges habla de ti
Para Florentine, los cuchillos no son solo herramientas: son vehículos de identidad. “Hay cocineros que buscan precisión, otros quieren ligereza, otros prefieren robustez”, explica Tomer. “Nuestro trabajo es entender esos matices y ofrecer una respuesta adecuada”.
Sus cuchillos están presentes en más de cien restaurantes de todo el mundo. “Trabajamos con chefs como Nick Bril, Aitor Zabala o Paolo Casagrande”, dice Noam. “Pero también con jóvenes cocineros, estudiantes y entusiastas. Nos emociona ver a alguien que ahorró para comprarse su primer cuchillo Florentine”.
Cómo cuidar lo que corta contigo
“Un cuchillo bien hecho puede acompañarte toda la vida”, dice Tomer. Pero hay que cuidarlo. “Nada de lavavajillas, ni agua estancada, ni cajones desordenados. Un cuchillo se merece respeto”.
Noam, risueña, recuerda algunas peticiones: “Nos han preguntado si pueden usar un cuchillo fino para cortar huesos o abrir cocos. Es como usar un bisturí para talar un árbol”.
Tres cuchillos, muchas posibilidades
Para quien empieza, Tomer lo tiene claro: “Con tres cuchillos estás cubierto: un paring, un chef y un panero. Después puedes ir ampliando según tus costumbres”.
Hay algo pedagógico en su forma de explicar. En Florentine no se limitan a vender: enseñan, transmiten, comparten. Su espacio funciona también como aula.

The Maker’s Edition: el cuchillo como experimento
Desde hace un tiempo, lanzan una edición limitada mensual: The Maker’s Edition. “Es nuestra forma de mantenernos vivos como artesanos”, explica Tomer. “Exploramos materiales, procesos, ideas. A veces con otros cuchilleros, otras internamente”.
Algunos ejemplos: el Imperial Palm, con un mango tan complejo como elegante; los Tantos Flame y Wave, con líneas de temple pulidas a mano durante días. “No siempre son rentables, pero aprendemos mucho”, dice Noam. “Y nos recuerdan por qué empezamos todo esto”.

Florentine crece con buen criterio
Aunque la demanda crece, no quieren perder la esencia. “No aspiramos a convertirnos en una gran fábrica. Queremos seguir siendo una empresa a escala humana, donde conocemos cada pieza que sale de aquí”, afirma Tomer.
“Podríamos delegar más”, reconoce Noam, “pero aún nos gusta estar implicados en todo. Diseñar, ajustar, hablar con los clientes. Ese contacto no queremos perderlo”.
Además de fabricar cuchillos, en Florentine organizan clases, visitas al taller y eventos como el Lunch Club, donde cocineros y aficionados se reúnen a compartir mesa, recetas e historias. “Creemos en la comunidad”, dice Noam. “En mostrar lo que hacemos, en explicar por qué. El conocimiento no es algo que se guarda: se transmite”.
También han creado The Sharpening Shop, un proyecto hermano que ofrece servicios de afilado, reparación y cuidado de cuchillos. “Un cuchillo sin filo es una promesa incumplida”, resume Tomer.

Los cuchillos Florentine cortan con conciencia: herencia, técnica y algo más
En cada etapa del proceso, buscan minimizar el impacto ambiental: acero reciclado, materiales locales, reutilización de residuos. “No somos perfectos, pero nos esforzamos por hacer productos que duren, que no se tiren, que se hereden”, afirma Noam.
En una época marcada por la velocidad, ellos eligen la permanencia. “La cocina y la cuchillería comparten algo esencial: ambas requieren paciencia, repetición, entrega”, concluye Tomer. “Y cuando todo eso se junta, aparece algo que no se puede explicar del todo, pero se siente. Como un cuchillo que, al sostenerlo, sabes que es el tuyo”.

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