
La edición 2026 de la feria internacional se consolida plenamente con la presencia de 25.953 asistentes y 1.350 bodegas expositoras, generando una cifra de negocio estimada en siete millones de euros.
Mientras proliferan los mensajes que insisten en que el vino es poco menos que un enemigo público de la salud, Barcelona Wine Week 2026 pareció empeñarse en lo contrario: fomentar, con notable eficacia, la actividad física de sus visitantes. La intrincada red de accesos, salidas estratégicamente desplazadas y recorridos poco intuitivos entre pabellones obligaba a caminar —y no poco— cada vez que se quería cambiar de zona. A las dos jornadas, más de uno había superado con holgura su media diaria de pasos recomendados, copa en mano, en una suerte de enoturismo indoor que combinaba cata y resistencia.
Una feria que crece sin perder el equilibrio
Más allá del anecdotario logístico, BWW comenzó su primera jornada con cifras que permitían tomar el pulso real a la convocatoria. En el encuentro con la organización el martes 3 de febrero se compartieron algunos datos reveladores: solo en la primera jornada habían accedido al recinto 11.000 visitantes, y el lunes —primer día efectivo de trabajo— se registraron en torno a 8.000 encuentros profesionales. Con estos mimbres, la organización confiaba en alcanzar el objetivo global de 26.000 asistentes, una previsión que finalmente no se cumplió por un estrecho margen, aunque sin alterar la sensación general de dinamismo comercial.
Céline Perez, directora de eventos de Alimentaria Exhibitions (organizadora de BWW), resumía entonces el clima de la feria con un prudente optimismo: “todo apunta a que conseguiremos los objetivos”. La percepción en los pasillos reforzaba esa idea de edición particularmente activa en términos de negocio, con agendas cerradas de antemano y una notable presencia de compradores internacionales. Desde la administración el director de la Federación Española del Vino, José Luis Benítez, dejaba una reflexión interesante al señalar que aún “faltan expositores” relevantes que, en su opinión, probablemente nunca participarán en el salón. Sin embargo, la paradoja quiso que uno de esos nombres habitualmente ajenos al formato expositivo, Vega Sicilia, sí estuviera presente —aunque de otro modo— en una de las sesiones más concurridas del programa: la cata dirigida por la MW británica Jancis Robinson, que visitaba por primera vez Barcelona Wine Week como ponente con la sesión “Tradición e innovación: del pasado al presente”. Un ejemplo de cómo la feria funciona como escaparate comercial y también como espacio de prescripción y tendencias.
La organización incidió en la idea de un crecimiento sostenido más que expansivo. Céline Perez subrayó que el 73 % de los expositores participó bajo el paraguas de una denominación de origen, un dato que refuerza el papel de la feria como mostrador del mapa vitivinícola español y su diversidad.
La responsable del certamen dejó claro además que la aspiración no pasa por convertirse en la mayor feria del sector, sino por “mantener dimensiones saludables y una buena ratio entre expositores y compradores”, una fórmula que prioriza la eficacia comercial frente al volumen. Uno de los indicadores que más satisfacen a la organización es que los compradores que acudieron por iniciativa propia —sin formar parte de los programas de invitación— se han duplicado en esta edición, señal de que el salón empieza a generar tracción por sí mismo en los mercados internacionales.

La directora de la Industria Agroalimentaria del ICEX, María Naranjo, destacó que en Barcelona “se ve la gran diversidad del vino español”, señalando la convivencia entre denominaciones de gran peso —como Rioja o Ribera del Duero— y otras de menor tamaño procedentes, por ejemplo, de zonas de Castilla-La Mancha o Aragón, que encuentran en este tipo de plataformas una visibilidad difícil de alcanzar en otros contextos internacionales. Uno de los mensajes más repetidos fue la llegada de compradores procedentes de focos menos tradicionales para el vino español, con especial atención a Brasil, India o Indonesia. “Este año hay 74 países invitados”, apuntó Pérez, en consonancia con la estrategia de diversificación geográfica que el sector considera clave.
Naranjo insistió además en que los contactos generados durante la feria no se agotan en los días de celebración: muchas de esas reuniones derivan posteriormente en visitas a las zonas de producción, reforzando el vínculo directo con el territorio. Una idea que enlaza con la visión expresada por el presidente de Barcelona Wine Week, Javier Pagés, al afirmar que “aquí el sector se une para darse a conocer al mundo”.
Pagés miró también hacia el futuro con un mensaje pragmático: “el reto es no acomodarse, elegir bien las estrategias, los mercados objetivo y sus compradores, pero el fondo real es que hay negocio”, una afirmación que resume bien el clima general de la edición, más centrado en consolidar relaciones comerciales que en crecer en tamaño.
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San Martín de Unx: identidad colectiva frente al abandono rural
Entre las sesiones celebradas el martes, una de las más reveladoras en clave de territorio fue la presentación de “San Martín de Unx. El Vino de los Aromas”, la nueva marca colectiva impulsada por un grupo de elaboradores de esta localidad navarra que reúne unas 500 hectáreas de garnacha cultivadas por familias de viticultores.
La iniciativa, presentada por Julián Palacios, presidente de la asociación de Viñedos y Bodegas de San Martín de Unx, nace con un objetivo que trasciende lo enológico: reivindicar la continuidad del viñedo como forma de resistencia frente al abandono rural y dar relevancia a la diversidad aromática que el paisaje imprime en los vinos. “Tenemos más bodegas que bares en el pueblo”, resumía gráficamente Palacios, aludiendo a una realidad en la que la vid sigue siendo eje económico y cultural. El mosaico vitícola se extiende entre los 400 y los 700 metros de altitud, sobre suelos de arenisca y caliza de origen terciario que definen perfiles diferenciados dentro de un mismo término municipal.
La marca —que cuenta con el respaldo de la denominación de origen, a la que, en palabras del propio Palacios, “venimos a sumar”— se presentó a través de una cata coral que permitió apreciar distintas interpretaciones de la garnacha local.
Gonzalo Celayeta abrió la sesión con su proyecto Unsi Wines, mostrando Unsi Terrazas Blanco 2024, una garnacha blanca de perfil directo y expresivo, junto a un rosado de corte más tradicional elaborado con la cooperativa Bodegas San Martín, Alma de Unx Rosado 2025. A ese registro añadió una lectura más personal con La Huella de Aitana Cuvée Zen 2023, rosado concebido para la guarda y criado en barrica, fluido, especiado y de tacto amable.

La joven Sara Valencia presentó Casa Genara y su vino G de Genaro 2023, homenaje a su abuelo viticultor —“mi persona favorita del mundo”, confesó—, en un ejemplo de relevo generacional que conecta memoria familiar y mirada contemporánea. María Abete expuso la evolución de la bodega familiar Máximo Abete, hoy dirigida junto a sus hermanas, con la vista puesta en trasladar al vino la complejidad de la sierra de Guerinda. Lurralde 2023, elaborado con garnacha tinta y garnacha roja (o gris), es uno de sus vinos más singulares, con un carácter silvestre, elegante y de paso fluido.
El recorrido continuó con Aseginolaza y Leunda y su Camino de Santa Zita 2023, garnacha fermentada con racimo entero, de notas de romero y monte bajo, textura fina y fruta roja nítida, seguido por León Flórez, que presentó El Camino2022 como paso hacia una interpretación parcelaria del viñedo de San Martín de Unx. El cierre llegó con LMT Wines y su espumoso ancestral de garnacha blanca Kimera 2022, aún fuera de DO, que funcionó como epílogo de una presentación que, más allá de los estilos individuales, evidenció el potencial de la unión: productores distintos que dejan en segundo plano sus diferencias para construir un relato común basado en paisaje, variedad y comunidad.
El peso de la tradición, la creatividad y el territorio en los Decanter World Wine Awards
Otra de las sesiones con mayor carga pedagógica fue la cata “Las familias que definen la excelencia en los Decanter World Wine Awards 2025”, centrada en vinos galardonados en este certamen internacional que se celebra cada año en Londres durante dos semanas de catas a ciegas y que reúne a un jurado de especialistas —entre ellos Masters of Wine y Master Sommeliers— organizado por países y regiones.
La sesión estuvo dirigida por la copresidenta de los premios, Beth Willard, junto a la editora regional para España de la publicación, Inés Salpico, quienes subrayaron desde el inicio que, más allá de la calidad intrínseca de los vinos, el concurso presta cada vez mayor atención al papel de los productores dentro de sus territorios y a su capacidad de generar identidad.
El recorrido comenzó con Exeo Evolució + Brut Nature 2007, espumoso reconocido con 97 puntos, que sirvió para ilustrar esa idea de proyecto ligado al lugar y al tiempo. Salpico incidió en que, junto al contenido de la botella, resulta determinante el impacto de las bodegas en sus respectivas zonas, un elemento que trasciende la cata estricta pero que ayuda a entender el vino como parte de un ecosistema cultural y económico. Le siguió Cherubino Valsangiacomo Sant Jaume Malvasía 2024 (95 puntos), ejemplo de recuperación varietal que enlaza tradición y sostenibilidad social, aspectos que el jurado valora de forma creciente.
Se siguió con Alvear 3 Miradas Paraje de Riofrío 3er Año 2021, distinguido con 97 puntos y categoría Platinum. Este vino tranquilo de pedro ximénez con crianza bajo velo de flor alejado del perfil convencional asociado a la zona— permitió a Salpico lanzar un mensaje claro: “no hay que tener miedo a mandar vinos distintos al estilo esperado”. Willard añadió que la evolución en la composición de los jurados está abriendo nuevas oportunidades a interpretaciones menos ortodoxas.
El itinerario continuó con Valdemar Conde Finca Alto Cantabria 2023, viñedo singular de Rioja valorado con 95 puntos y señalado por Willard como muestra de la evolución cualitativa de la bodega en el último lustro, y con PaloNorte Verdejo 2020, de Bodegas Rodríguez Sanzo (Oro y 95 puntos), un verdejo criado en botas con desarrollo de flor que, en palabras de la propia Willard, “habla del pasado de forma innovadora”.
La cata puso de manifiesto el reconocimiento que se da en certámenes como este a la recuperación patrimonial y la capacidad de reinterpretar estilos históricos con una mirada contemporánea.

El siguiente vino fue Ilusioverum CDVIN Garnacha 2022 (95 puntos, medalla de Oro), que las ponentes definieron como “una de las mejores garnachas de Rioja”, ejemplo de un momento en el que la evolución estilística se percibe ya como desarrollo natural de la tradición. “Antes era complicado para estos vinos conseguir una medalla de oro”, señaló Beth Willard, apuntando a cómo el reconocimiento internacional está contribuyendo también a cambiar la imagen de determinadas zonas a través de proyectos que reinterpretan su herencia.
El recorrido siguió con Mas de la Rosa 2023, de Vall Llach, distinguido como Best in Show (97 puntos), descrito por las catadoras como “otro perfil de España, otro perfil de Priorat”, capaz de conjugar profundidad y una interpretación contemporánea sin perder identidad.
El cierre llegó con Amontillado del Duque VORS, de González Byass, igualmente Best in Show con 97 puntos, un vino situado —recordaron— en una de las categorías más exigentes del certamen, la de los generosos de Jerez, donde la complejidad técnica y el envejecimiento prolongado elevan notablemente el listón de la evaluación.
Más allá de la selección concreta, la intención de Willard y Salpico fue evidenciar un cambio de sensibilidad en este tipo de concursos: animar a productores pequeños, inquietos o alejados de los estilos dominantes a presentar sus vinos sin temor a ser penalizados por innovar o por tensar los márgenes de la tradición regional. La excelencia, ahora también se calibra según la autenticidad y capacidad de abrir nuevos lenguajes dentro del propio territorio.
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Tendencias: nuevas categorías y una sostenibilidad que ya no es solo ambiental
Barcelona Wine Week 2026 ha sido, como viene siéndolo en años anteriores, una muestra de las tendencias y movimientos en el sector del vino español, una posición que le da su particular formato, en el que entran expositores de grandes marcas y productores de grandes volúmenes y, al tiempo, pequeños proyectos, a veces, de pocos miles de botellas, conviviendo en los mismos metros cuadrados.
Una de las tendencias más visibles fue el crecimiento de las propuestas No/Lo (sin alcohol o de baja graduación), que este año empezó fuerte al contar con un encuentro de tres horas de duración que combinó ponencia, mesa redonda y cata. Según la organización, la convocatoria generó incluso lista de espera, señal de que el interés por estas categorías ya no responde únicamente a una tendencia coyuntural. Han venido para quedarse, aunque el vino tradicional sigue marcando sus modos y momentos de consumo y hasta su imagen.
La sostenibilidad volvió a ocupar un lugar central, aunque cada vez menos restringida a lo medioambiental. A los discursos sobre viticultura ecológica o reducción de impacto se sumaron reflexiones sobre sostenibilidad social, articuladas en torno a dos cuestiones recurrentes en muchas intervenciones: el relevo generacional y el riesgo de abandono rural. La continuidad del viñedo —y de quienes lo trabajan— apareció así como parte esencial del futuro del sector, una idea que conectaba con iniciativas como la presentada por los productores de San Martín de Unx y otras ponencias del programa.

Entre las novedades más llamativas figuró la introducción de los llamados sparkling teas o tés espumosos, categoría híbrida que explora territorios intermedios entre vino, infusión y bebida gastronómica. Ejemplos como la balear Gausa —que elabora espumosos a partir de mosto y vino ecológico combinados con té verde, sin más azúcares que los propios de la uva— evidencian el interés por ampliar el lenguaje del brindis contemporáneo sin desligarlo del origen agrícola.
El ecosistema, pues, se diversifica: nuevas formas de consumo, nuevas narrativas y una preocupación creciente por la viabilidad humana y económica de los territorios vitícolas.
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Off The Récord y Paisajes en el Tiempo: memoria, paisaje y añadas que no están en el mercado
Sin formar parte del programa oficial —aunque claramente alimentados por el público profesional que atrae la feria—, los encuentros paralelos volvieron a demostrar que Barcelona Wine Week no se limita al recinto de Montjuïc. Muchos visitantes prolongan la jornada en estos satélites urbanos, configurando un ecosistema que amplía conversaciones y estilos fuera del marco institucional.
El lunes tuvo lugar Off The Récord, cita ya habitual donde algunos bodegueros hicieron doblete, presentes tanto allí como en la propia feria. Ese mismo día por la tarde se celebró Paisajes en el Tiempo, organizado por Futuro Viñador, que reunió 40 vinos de 20 productores con una premisa poco habitual: mostrar añadas que las bodegas conservan en sus archivos y que no están en el mercado.

El formato permitió catar vinos en un momento evolutivo distinto al que suele encontrarse en las presentaciones comerciales. Especialmente brillantes se mostraron los gallegos de Adega Algueira —Pizarra 2014 y Escalada 2014, minerales, complejos y en magnífico estado—, junto a Yjar 2018, segunda añada del vino de Granja Nuestra Señora de Remelluri destinado a La Place de Bordeaux, de perfil sofisticado y elegante.
Entre los riojas, destacaron los parcelarios de Artuke, El Escolladero 2018 y La Condenada 2018, la última vendimia —según el productor— realizada en octubre. Vinos serenos y finos, con notas evocadoras de paisaje: florales y de fruta negra en el primero, más centrado en la rosa y la fruta jugosa en el segundo, ambos con un paladar refinado y vibrante.
También en excelente forma Pegaso Arrebatacapas 2021, de Telmo Rodríguez, fluido y seductor, y 4Kilos 2015, mediterráneo, fresco y profundamente ligado al paisaje mallorquín del proyecto liderado por Francesc Grimalt y Sergio Caballero. A ello se sumaron propuestas de marcada personalidad como Xarel·lo del Noguer 2022, Meridiano Perdido Portulano 2021 o Mon Amour Balbaína Baja 2018, de Bodega de Forlong, ejemplo de creatividad y finura en el Marco de Jerez.

Liquid Vins: efervescencia creativa y diversidad sin corsés
El martes fue el turno de Liquid Vins, otro encuentro ya consolidado como punto de reunión de productores independientes. Con una afluencia constante —y alguna mesa que llegó a quedarse sin botellas antes de tiempo—, el ambiente reflejaba una escena en plena ebullición, abierta a estilos diversos y discursos menos reglados.
Entre los proyectos presentes, Roc Gramona presentó en Priorat su trabajo junto a Alberto Crivillé, del que nacen vinos como Lo Coster del Crivi, basado en cariñena y garnacha. Desde el Marco de Jerez, Juan Jurado (Agrícola Calcárea) exploró variedades históricas con elaboraciones como Porfía Blanco, ensamblaje de hasta seis castas más allá de la palomino, o El Descontrol, un clarete jugoso y expresivo.

César Fernández Díaz llevó su visión de Ribera del Duero fuera de DO con vinos como el clarete Espantaburros, cofermentado y criado en barrica, fluido y vivaz, o Cinco Mozos 2022, procedente de viñas sobre arena en Fuentelcésped, honesto y de marcado carácter. En Rioja, Álvaro Loza mostró Cien Reales, vino de paraje en Labastida, mientras que el navarro Sancho Rodríguez —tras el proyecto Manin y sus muchachos— defendió una viticultura de mínima intervención donde el paisaje dicta el resultado.
Los vinos de la edición 2026, un recorrido por la diversidad
Altos de Chipude, Chacán Rosado, 2024- La Gomera, Islas Canarias. Del proyecto que encabeza Gloria Negrín, única viticultora en La Gomera, y de su inquietud por descubrir nuevas formas de expresión vitivinícola en la isla nace este rosado de negramoll, listán negro y blanco y forastera. Apenas 300 botellas de un vino intenso, jugoso, de fruta roja y punto floral, del que esperamos haya réplicas en próximas añadas.
Cuentaviñas, Septeno, 2023, DOCa Rioja. Tinto de viñedos en el Valle de la Canoca de San Vicente de La Sonsierra, con el que Eduardo Eguren quiere mostrar el sabor de la montaña mediterránea. Intenso, sabroso, con una acidez vibrante y una textura precisa y elegante.
Mesquida Mora, Acrollam, 2018, VT Mallorca. Este blanco de premsal y giró de Bàrbara Mesquida muestra, en una añada ya con recorrido (fue uno de los vinos presentes en la muestra de Futuro Viñador), una interesante evolución, con notas maduras que se combinan con una maravillosa redondez en la boca, al tiempo que se mantiene la frescura. Un vino para no cansarse.
Gil Pejenaute, Pilar del Cerro, 2023 y 2024, DO Campo de Borja. El Moncayo “me da tranquilidad”, comenta Javier Gil Pejenaute, productor de Alfaro que ha encontrado en Tabuenca (Zaragoza) el paisaje vitícola que le ha inspirado a poner en marcha su proyecto personal, tras más de 20 años en Palacios Remondo. Este tinto de garnacha procede de una parte de su viñedo que contiene una proporción de carbonato cálcico y se elabora y cría en gres. Sí el 23 se muestra frutal, jugoso, profundo y mineral, en el 24 brillan la finura y la expresión silvestre, con esa fruta jugosa y bien perfilada que parecen ser la firma de la certera mano de Gil Pejenaute.

Buezo Finca Valdeazadón 2009, DO Arlanza. Una mirada moderna con vocación de clásica es la que muestra este tinto, fruto de la nueva etapa de Bodegas Buezo en la que reduce referencias para centrarse en mostrar las bondades de sus viñas propias. Este mezcla tempranillo con merlot y cabernet y una crianza clásica para resultar en un tinto poderoso, elegante, con notas sazonadas y un paladar redondo y refinado.
Ochoa, Oxoa, 2023, DO Navarra. Adriana Ochoa hereda la pasión por la moscatel de grano menudo de manos de su padre, Javier, pero le da un twist de visión personal y curiosidad exploradora que resulta en un blanco que procede de uvas plantadas en la finca Altos de Traibuenas, denso, fresco, vivaz, expresivo, con notas de azahar, equilibrado y singular.
Vinos Los Bastardos, Eutiquio 2023, DO Cigales. Juan Príncipe, tercera generación de productores en Fuensaldaña, recupera el nombre de su abuelo para uno de los tintos que llevan su firma personal y la vocación de no dejar que los viñedos de alto valor de la región se pierdan. Tiene una gran parte de tempranillo que se completa con otras variedades tintas y blancas, es castellano, serio, pero también fresco, fluido, va creciendo en la copa y en el paladar, singular, placentero.
Agrícola la Portera, La Pinada Ánfora, 2022, DO Utiel-Requena. Este tinto de bobal es uno de los vinos fruto de la unión entre Javier del Blanco y el enólogo Jorge Navascués, cuyas raíces se hunden en Requena por el lado materno. En este gana la fruta crujiente y las frutillas del bosque en un conjunto vivaz, amplio y jugoso.
Can’Leandro, Panxut, 2024, DOP Valencia. Este es solo uno de los interesantes vinos que elaboran los hermanos Sanchís Mestre en Ontinyent, cuya variedad es sinónima de la trepat de la Conca de Barberà. Mediterráneo en clave accesible y fresca, con mucha fruta roja y notas crujientes, un vino que procede de un viñedo sobre suelo calcáreo y en el que se percibe vivacidad y carácter vibrante.
El Escocés Volante, Garnacha Gris, 2024, Calatayud. Garnacha gris de Norrel Robertson, una de sus últimas novedades, que elabora y cría en barrica grande, para exprimir sus notas frutales de frutillas del bosque y buena madurez, de textura potente pero bien domada, un vino fluido que suma matices a las cada vez más diversas (y apasionantes) expresiones garnachistas de Aragón.
Mas d’en Gil, Maçanella, 2024- DOQ Priorat. La familia Mas d’en Gil crece con un dúo, de momento, de vinos surgidos de la selección masal de la finca de Masia Barril que se hicieron en 2018, cuando, bajo la dirección de Marta Rovira ya se trabajaba en biodinámica. Rovira decidió plantar un viñedo al modo tradicional, con garnacha blanca, tinta y cariñena y este Maçanella es uno de los vinos del proyecto, garnacha tinta de perfil moderno, intenso pero matizado por una textura fluida y de marcado carácter frutal.
4 Kilos, Descornat 2024, VT Mallorca. Lo último de 4 Kilos procede de una zona montañosa alejada de los viñedos y la bodega, que se encuentran en Felanitx. Este tinto es un 100% mantonegro de encantador perfil mediterráneo, fruta negra y monte bajo, que procede de la zona de Santa Margalida del Camí. Forma parte de un proyecto en el que otras cuatro bodegas más (Ca Sa Padrina, Ca’n Verdura, Mesquida Mora y Soca-Rel) interpretan parte de este mismo viñedo de 1,5 hectáreas y plantado en vaso hace 30 años. Interesante seguir su evolución y contrastar los resultados de cada bodega.
Agrícola Calcárea, Arrinconado 2024, Marco de Jerez. Juan Jurado explora el Marco con una visión particular y muy auténtica, desde su sede sanluqueña, y en este vino se vale de moscatel romano vendimiado en Chipiona que crece sobre suelos que comienzan con albariza en la parte alta, pasan por arcilla y terminan en arena. Jurado escoge una parte y la vinifica en tinaja de barro para lograr una expresión nada tropical de la moscatel, y sí muy fresca, muy vivaz y con una acidez vibrante.







