Viajar no solo es cuestión de traslado. Cuando viajas sueles buscar en todo momento el mejor disfrute, la mejor experiencia y por supuesto los mejores detalles para consentirte en ese cambio de locación. La mayoría de los viajes, sin importar si son de trabajo o solo de paseo tienen rituales y en estos hay emociones, fobias y expectativas.
Viajar en automóvil tiene sus procesos muy definidos. Cargar gasolina, verificar el aire de las llantas y por supuesto, colocarse los cinturones de seguridad.
Bitácora del Paladar: Paussa para continuar
En el México de los setentas y ochentas, las carreteras eran tramos largos, donde los viajes duraban más de lo que hoy duran. Un viaje de Ciudad de México hacia el puerto de Acapulco, oscilaba entre las 6 y las 8 horas dependiendo del conductor y del modelo del automóvil. En esos viajes carreteros existía el ritual de alimentos y bebidas para los tripulantes del auto. El huevo cocido era un producto básico de alimento. El ritual de quitar la cáscara tenía que hacerse en la mañana previa al viaje, ya que hacerlo en el camino podría provocar el mareo del ejecutante. Los panes con mayonesa y jamón, envueltos en una servilleta, compactados en la bolsa de origen, era un clásico de esos días. Hubo quien le puso jitomate o aguacate en sus primeras veces, provocando con ello, la humedad de la servilleta, lo que nos ponía en la terrible tarea de eliminar el papel como si peláramos los huevos, dejándonos mareados por ese hecho.

Cuando el mareo aparecía, no faltaba quien sugería abrir la ventana para que entrara el aíre y con eso provocar la ventilación que alejaría el olor a huevo y despeinaría a los pasajeros. Aquí es cuando el chofer agradecía, ya que después de 4 horas de trayecto, el aire fresco anima y despierta para continuar el trayecto.
Las bebidas refrescantes eran un placer y una tortura para aquellos que viajamos antes de la invención del bote de plástico con tapa metálica. Existían en ese entonces, bebidas contenidas en empaque de cartón que guardaba sabores y colores que a la fecha no entiendo. El sabor uva tenía un color intenso y si te caía una gota en la playera, esta se quedaría contigo toda la infancia. El sabor limón era de color verde radioactivo y el sabor de piña era de un amarillo tipo crayón.
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Cada viaje tenía la bebida que caía, el huevo que no sabía bien y el pasajero que superaba la fase primaria de mareo, lo que nos obligaba a parar la marcha durante un largo momento.
En México se viajó poco en tren en esos años. Recuerdo un viaje a Monterrey con mi padre, donde en una cabina con cama y baño, viajamos en una bella noche larga. Los paisajes son inolvidables y cada imagen de la luna iluminando los cactus, se ha vuelto una postal en mi memoria. En ese tren, había un carro con alimentos y bebidas. Yo no recuerdo qué comí esa noche, solo la memoria me deja el espacio cálido para gozar a la distancia los cuentos que mi padre se inventó esa noche de viaje.

El avión tuvo siempre la magia del aire. En mis primeros viajes disfruté del placer de fumar en la sección destinada a ello. Las bebidas se servían en pequeños envases de cristal que eran copia de la botella original y la comida a bordo, era similar a los panes con jamón y mayonesa que nunca aprecié en esos viajes en carretera. En ocasiones, el comer se volvía solo un trámite para desquitar el precio del boleto y cuando hubo la época de bonanza para poder volar en primera clase, llegué a probar platos que venían de un menú elaborado por algún ser especial que pensó en cobrar más que en hacer grata la experiencia de alimentarse en el vuelo. Claro, eran los años 80´s y de esos días, uno aprendió de comida rápida y polvos para sazonar que elevaban los platos.
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Los años pasan. En el coche no se come como antes. Los tramos carreteros tienen estaciones para detenerte a comer un paste, un taco, una torta y café capuchino. El tren regresó en algunos lugares y no me he subido a ninguno. No creo hacerlo. Mientras que en el avión, ya no se fuma, las bebidas se sirven directo en el vaso y en la opción de alimentos en los viajes cortos, las galletas y el cacahuate predominan la alimentación del pasajero.
Los vuelos largos, en la mayoría de las rutas tienen vinos blancos y tintos de bodegas que no conozco y los tragos fuertes, se sirven con dos hielos en vasos de plástico delgado que si lo aprietas, desbordas el contenido.
Aquí es donde viene la pregunta que espero te lleve a una sencilla reflexión: ¿pasta o pollo?
¿Que prefieres en este largo viaje?

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