Mérida en solitario: salir para despertar el apetito

Ya no viajamos únicamente para encontrarnos a nosotros mismos. La emergencia global y las restricciones de movilidad que existen actualmente, nos han permitido reencontrarnos con el placer que dan todas esas experiencias que, cuando se viven en solitario, no hace falta nadie más.
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Las primeras líneas que leí del libertino poeta Lord Byron, estaban en los subtítulos de la cinta Into the Wild (dirigida por Sean Penn, 2007): “Hay un placer en los bosques sin caminos, hay un éxtasis en la orilla solitaria, hay sociedad donde nadie se entromete; por el mar profundo, y música en su rugido, no amo menos al hombre, sino más a la naturaleza”.

Basada en la historia real de Christopher McCandless, la película cuenta la historia de un viajero que busca el verdadero sentido de la vida en la naturaleza, y que se propone llegar a Alaska en solitario para, al final de su camino “hacia lo salvaje”, concluir que la felicidad sólo es real cuando es compartida.

Cuando nuestra realidad se ha vuelto precisamente esa, sometidos al distanciamiento social obligatorio, nos hemos visto en la urgencia de reevaluar la relación que tenemos con nosotros mismos —y la posibilidad de sobrevivencia sin compañía alguna y sin volvernos locos—. Hoy hay más de un pretexto para cuestionar ese último pensamiento de McCandless, alrededor de la felicidad.

Elegí Yucatán, lejos de las montañas y sierras repletas de multitudes haciendo senderismo “cada una por su cuenta”, y de las playas vírgenes del Caribe en donde todos, absolutamente todos, encontraron su “escape”. Yucatán siempre suena bien para irse a perder a la selva y entre mosquitos. Y, mejor, si se trata de encontrar un refugio a más de 40 kilómetros de la capital yucateca, en donde la selva se mete hasta por la ventana, dando la sensación de verdadera inmersión en la naturaleza.

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“La habitación más remota, por favor”

De entre las 49 habitaciones de Chablé, no fue difícil reservar la más lejana del barullo —principalmente porque aquí no existe tal cosa— y porque este hotel de lujo, galardonado con el Premio Versailles al Mejor Hotel del Mundo en 2017, posee alrededor de 270 hectáreas en las que es casi imposible coincidir con otros huéspedes, sin importar dónde pases la noche.

Por 850 dólares, mi suite tiene vistas al cenote del hotel, las almohadas más suaves donde ha descansado mi cabeza por la noche, y un silencio muy especial: ecos de la naturaleza al atardecer y sonidos de aves exóticas por la mañana, una melodía para desconectarse por completo.

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“Mesa para uno”

A bordo de un carrito de golf y con vistas eternamente verdes que se extienden hasta donde alcanza la mirada, recorro de copiloto los caminos del resort hasta Ixi’Im, el restaurante insignia del hotel, y el lugar donde el destacado chef Luis Ronzón ha concertado ingredientes endémicos cultivados en su propio huerto, con una propuesta contemporánea y ejecutada de manera magistral —como nadie más en la región—.

Aunque el lugar estuviera lleno de comensales, todo el barullo desaparecería al primer bocado de este lechón al pib que se deshace casi con la mirada, y que llega no acompañado de tortillas sino por el pan brioche más suave —incluso más que las almohadas de anoche—. Luego, a medio camino del menú degustación, me encuentro a mí misma en la narrativa de la propuesta culinaria servida frente a mí, con el maíz como protagonista y origen de todo, con la transformación de los ingredientes locales, como el venado que aquí es servido en forma de un risotto muy especial, hasta llegar a ese dulce final —que con suerte tendremos todos— con la forma de un saká con helado de pelos de elote, palomitas congeladas y ceniza de maíz.

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“Vengo sola, ¿tienes lugar en la barra?”

Desde afuera, a través de las ventanas de cristal, Astro Bistro —ubicado al norte de la ciudad de Mérida— se ve como un pequeño y glamoroso espacio que, por sus asientos de terciopelo azul marino, acentos dorados y vasos de cristal cortado, me recuerda a un sofisticado rincón parisino para beber cocteles. Pero hay una grata sorpresa: en la diminuta cocina del lugar, el chef Alex Méndez está cocinando algo muy especial.

Elijo un lugar en la barra para tomar un New York Sour —variación del whisky sour con un toque de vino tinto— y abrir apetito. Con unas ganas culposas de comerme yo sola algo relajado sin cubertería ni preocupaciones, el mesero me recomienda la crujiente y minimalista reinterpretación que hace el chef Méndez de unas patatas bravas con alioli, y un carpaccio de berenjena que se come con una danesa recién salida del horno. Los sabores precisos y texturas inesperadas de cada uno de estos platillos se sienten como auténtica frescura en un lugar como Mérida, donde, aunque usted no lo crea, se puede comer algo más que cochinita pibil y relleno negro.

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“Shhh, estoy contemplando eso”

Dicen que el hambre entra por los ojos. Y precisamente así fue el origen de la relación entre Alberto Nacif, sommelier y socio del restaurante Micaela Mar y Leña, y el artista Abel Vázquez, uno de los fundadores de la galería de arte Nahualli, ubicada en el Centro de Mérida. Nacif y Vázquez, ambos con orígenes oaxaqueños, han construido una relación entre su arte y su comida, misma que lleva la expresión del “buen gusto” a nuevos parámetros.

Personajes surreales al óleo se combinan con la propuesta folclórica y mística del restaurante, popular entre comensales por su mezcla de cocina de Nueva Orleans y mexicana auténtica que enaltece los ingredientes locales. Sentada en medio del restaurante —perfectamente rodeada de mesas vacías por aquello del protocolo— de repente aprecio el silencio que crece en mi mente y que me permite observar los cuadros en la pared. Es casi una invitación a formar parte de un nuevo universo de colores azules, acentos rojos y miradas perdidas.

En plena contemplación, los serviciales meseros de Micaela me dan un recorrido por el menú hecho por el chef Vidal Elías, y recomiendan que abra apetito con unas gorditas de chamorro mulato, y ya de paso un Nahualli para beber, un coctel a base de mezcal precisamente inspirado en la obra de los artistas de Galería Nahualli, que al final, durante mi visita, se convierten en tres o cuatro. Uno pierde la cuenta cuando está envuelto en una atmósfera tan especial como la de este lugar.

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“¿Compartir el postre? Jamás.”

El silencio de las calles del Centro de Mérida poco a poco se va perdiendo hasta llegar a Santa Lucía, uno de los parques más concurridos de la ciudad, principalmente entre los amantes de la comida por su gran oferta culinaria. En Avec Amour, un bistró francés encantador ubicado bajo los arcos de la plazuela, hay una combinación de maravillosos clásicos franceses, como el magret de pato, con ingredientes locales, como los cítricos yucatecos y miel local (el pato incluye una reducción de miel que trae equilibrio a todo el plato).

Y ya entrados en la hora del postre, aprovechando que no hay que compartir con nadie, la recomendación es pedir un pastel Ópera, emblemático de Francia y representativo de la Ópera de París por su fastuosidad. Todavía en silencio, hay que devorarse lentamente todas las capas conformadas diligentemente por crema de mantequilla de café, bizcocho de almendras y chocolate 75% de cacao de origen mexicano. Sin poder hacer nada al respecto, se me sale un suspiro de saciedad que rompe el silencio.

Viajar en solitario es el epítome en la vida de cualquiera, pero hacerlo en esta nueva realidad se ha vuelto casi una salida de emergencia, ya no por la necesidad de encontrarnos a nosotros mismos, sino porque las multitudes —de a dos y de a tres— incomodan en las calles. Cuando viajamos solos, vamos a nuestro paso, nos tomamos el tiempo para lo que queremos, volamos hacia el destino que siempre quisimos —sin consenso—, y comemos sin compartir nada con nadie. ¿Sabes por qué? Porque la felicidad también está en uno mismo.

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Atardeceres y las mejores terrazas

Almadía

Atardeceres a la orilla del mar y un fantástico pulpo al grill macerado en aceite de chiles, con cilantro, montado sobre una cama de ate de guayaba. Almadía, con su menú de mar a base de ingredientes traídos desde Ensenada (a excepción del pulpo, que es local) es un espacio completamente abierto que permite la entrada de la brisa marina en un cálido día en Yucatán.

Instagram: @almadia_mx

Picheta

Los chefs más reconocidos de la región crearon un menú variado para la primera y única terraza del Centro de Mérida. Desde aquí, la Catedral al atardecer da un espectáculo muy especial, y ya sea que elijas la tradicional sopa de lima del chef David Cetina, o el goloso cheesecake de lima con merengue de la chef Maricela Chaia, la experiencia es algo único.

Instagram: @pichetamx

Diez Diez Collection

Este hotel boutique, ubicado estratégicamente a una calle de Paseo de Montejo, tiene una terraza muy especial con vistas hacia la vialidad más bonita de la ciudad. El chef Roberto Solís, quien además está detrás del restaurante del hotel, Fronto, creó un menú en el que lleva sus ingredientes predilectos –como el pork belly, la chaya y la coliflor– a un formato finger food, para que degustes mientras ves el atardecer y bebes un gin and tonic.

Instagram: @diezdiezcollection