Jiale Pan gana el II Concurso de Pinchos y Tapas de Castilla y León con una tapa nacida de un accidente

El II Concurso Oficial de Pinchos y Tapas de Castilla y León, celebrado los días 28 y 29 de septiembre en el Palacio de Congresos y Exposiciones de León, ha reunido a 27 participantes llegados de las nueve provincias de la Comunidad. Y lo que se ha visto allí ha sido un despliegue impresionante.

Lo digo desde la emoción de haberlo vivido de cerca. El nivel ha sido altísimo. Técnica, producto, vajillas, emplatados, relato, memoria, oficio. Cada tapa llegaba con una intención muy clara: hablar de una tierra, de una despensa, de una familia, de una receta aprendida casi sin darse cuenta. Castilla y León aparecía en bocados pequeños, pero con una fuerza enorme. Trucha, morcilla, setas, lechazo, piñones, miel, verduras, caldos, vinos, panes, recuerdos. Verdaderos tesoros sólidos y líquidos que los concursantes supieron poner en valor con técnica y, sobre todo, con cultura heredada.

Porque durante el concurso se habló mucho de abuelas. De cocinas antiguas, de platos de infancia, de sabores que vuelven de golpe cuando alguien los trabaja con respeto. Muchas propuestas partían de esa nostalgia bonita, la que no se queda quieta, la que sirve para cocinar algo nuevo sin romper el hilo con lo aprendido en casa.



Doce/29, una incidencia convertida en premio

El ganador fue Jiale Pan, del restaurante Jiapan, en Valladolid, con Doce/29, elegida mejor tapa de Castilla y León de 2026. Yo le vi presentarla esta misma mañana y me pareció una propuesta genial, interesante y con una historia preciosa detrás. Jiale Pan, de origen chino, contó al recibir el premio con ternura que su padre no habla ni una palabra de español. Ese detalle, lejos de ser anecdótico, explicaba mucho: una familia, una historia de esfuerzo, una cocina que viaja, se adapta y acaba encontrando aquí su propio lenguaje.

Doce/29 nace, según explicó, “de la incidencia a la mesa”. La tapa es un bao negro, con tinta de calamar, relleno de una reducción de lechazo, acompañado de pesto de piñón de Pedrajas, puerros y cenizas de shitake. Su aspecto recuerda a algo chamuscado, casi quemado, y precisamente ahí está la gracia. La idea surgió de un accidente: un día se les quemó el dim sum. Lo que podía haber acabado en error se convirtió en inspiración.

Esa es la parte bonita de la cocina cuando está viva. Un fallo se mira de otra manera, se entiende, se trabaja y acaba convertido en una tapa ganadora. Doce/29 une memoria china, producto castellano y una mirada muy contemporánea sobre el bocado. No es una tapa evidente, pero se queda en la cabeza.

El segundo premio fue para Alejandro San José Birnbaum, de Habanero Taquería, en Valladolid, con Milpa. El tercero recayó en Juan Carlos Jiménez Pradas, de Azul Mediterráneo, también en Valladolid, con Belemchazo. Además, el jurado otorgó tres accésits: Tapa más Tradicional para “Aquello fue como miel sobre hojuelas”, de Marta Alfayate Jimeno, del restaurante 1966 Mangas, de Ávila; Tapa más Vanguardista para “Berrea”, de Adrián Asensio Malillos, de Cuzeo, en Zamora; y Mejor Concepto de Tapa para “Puceyaki”, de David Miranda Castañeda, de Las Kubas, en Valladolid.

Una escuela abierta para mirar y aprender

El jurado profesional estuvo presidido por Pepe Solla, acompañado por Esther Manzano, Iñaki Bretal, João Oliveira, Luis Arbildua, Susana Martín y Jessica M. Puga. Poca broma. Un jurado de mucho nivel para un concurso que, aunque solo celebra su segunda edición, ya apunta maneras de cita importante en el calendario gastronómico de Castilla y León.

El certamen, promovido por HOSTURCYL y con el patrocinio principal de la Junta de Castilla y León, tiene algo que va bastante más lejos del premio. Sirve para apoyar la gastronomía local, dar visibilidad a cocineros y restaurantes, empujar el turismo gastronómico y recordar que el producto de proximidad necesita escenarios donde lucirse. Una tapa puede ser pequeña, sí, pero puede hablar de una provincia, de una temporada, de un oficio y de una forma de vivir.

También fue precioso ver a los jóvenes de las escuelas de hostelería. Estaban allí mirando, aprendiendo, trabajando muchos de ellos en el servicio del evento. Ese detalle importa. Porque estos concursos no son solo escaparates para cocineros ya hechos; son aulas vivas para los que vienen detrás. Ves a los estudiantes observar cada pase, cada explicación, cada gesto del jurado, y entiendes que ahí también se está cocinando futuro.

León ha acogido una edición emocionante, con 27 maneras distintas de mirar Castilla y León desde una tapa. La próxima cita será en Palencia, que tomará el relevo para la tercera edición. Después de lo visto estos días, una cosa queda clara: la gastronomía en miniatura de esta Comunidad tiene músculo, memoria y muchísimo camino por delante.

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