
¡Qué frío, vamos por algo calientito!… ¿Te suena esta frase? Cuando hace frío, hay un gesto que parece repetirse casi de manera automática: preparar un café, servir una taza de té o buscar algo calientito para beber. Más que una simple costumbre, esta preferencia tiene una explicación fisiológica. Nuestro organismo cuenta con mecanismos especializados para detectar los cambios de temperatura y responder a ellos, y las bebidas calientes pueden influir tanto en nuestra percepción del frío como en algunas de las respuestas que el cuerpo activa para conservar el calor.
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Pero ¿realmente una bebida caliente consigue calentarnos? La respuesta es sí, aunque no exactamente de la manera que imaginamos. A continuación te cuento sobre la ciencia detrás de esta necesidad.

El cuerpo también siente la temperatura desde el interior
Para mantener una temperatura corporal relativamente estable, el organismo utiliza un sistema de termorregulación que involucra al cerebro, la piel y diferentes receptores sensibles al calor y al frío. Estos últimos, conocidos como termorreceptores, permiten identificar los cambios de temperatura y enviar señales al sistema nervioso para activar respuestas como los escalofríos, la sudoración o los ajustes en el flujo sanguíneo de la piel.
Sin embargo, no todos estos sensores se encuentran en la superficie del cuerpo. También existen receptores térmicos en el interior del organismo, particularmente en el aparato digestivo. Esto ayuda a explicar por qué la temperatura de lo que bebemos puede influir en la manera en que experimentamos el frío.
Una investigación publicada en 2017 en The Journal of Physiology, titulada Evidence of viscerally-mediated cold-defence thermoeffector responses in man, estudió precisamente esta relación. Los investigadores Nathan B. Morris, Davide Filingeri, Mark Halaki y Ollie Jay analizaron cómo respondía el organismo de diez hombres sometidos a condiciones controladas de enfriamiento después de beber agua a distintas temperaturas.
Los resultados fueron interesantes: ingerir agua a 52 °C redujo rápidamente los escalofríos y la sensación de frío en comparación con beber agua a temperatura corporal. Este efecto ocurrió sin que se registraran cambios significativos en la temperatura central o en la temperatura de la piel.
En otras palabras, el cuerpo puede percibir una sensación de mayor calidez antes de que su temperatura interna cambie. Los investigadores atribuyeron esta respuesta a la actividad de los termorreceptores viscerales, capaces de comunicar al sistema nervioso la temperatura de los líquidos que llegan al estómago.
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El papel de los receptores del aparato digestivo
La relación entre la temperatura de las bebidas y las respuestas del organismo también se ha estudiado en condiciones de calor.
En 2012, A. R. Bain, N. C. Lesperance y Ollie Jay publicaron una investigación en Acta Physiologica sobre la ingesta de líquidos calientes durante la actividad física. El estudio encontró que, bajo determinadas condiciones que permiten la evaporación completa del sudor, beber agua caliente podía favorecer una mayor pérdida de calor por evaporación y reducir el calor almacenado en el cuerpo.
Aunque este experimento se realizó en un contexto de actividad física y temperaturas ambientales elevadas, sus resultados ayudan a comprender algo importante: la temperatura de una bebida no sólo determina el calor que aporta directamente, también puede modificar las respuestas termorreguladoras del organismo.
En este sentido, el aparato digestivo funciona como una vía adicional de información térmica. Sus receptores detectan la temperatura de los líquidos ingeridos y contribuyen a que el cuerpo ajuste sus respuestas antes incluso de que se produzcan cambios importantes en la temperatura central.

Más allá de la fisiología: el confort de una bebida caliente
Existe otra dimensión que ayuda a entender por qué buscamos bebidas calientes cuando hace frío: la experiencia sensorial.
El calor que sentimos al sostener una taza entre las manos, el vapor que desprende una infusión y la sensación tibia que deja un sorbo forman parte de una experiencia que involucra varios sentidos. No se trata únicamente de la temperatura del líquido, sino también de su aroma, textura y de las sensaciones que produce durante su consumo.
Una bebida caliente puede convertirse en un pequeño ritual de confort, especialmente cuando el ambiente exterior resulta frío. El café, el té, las infusiones y el chocolate caliente ofrecen distintas experiencias aromáticas y gustativas que acompañan esa búsqueda de bienestar.
Además, cuando hablamos de gastronomía, la temperatura es una característica fundamental de la experiencia de consumo. No solo modifica la percepción de determinados aromas y sabores, también influye en la textura y en la manera en que disfrutamos una preparación.
Por eso, una taza caliente puede representar mucho más que una fuente de hidratación: es una experiencia sensorial que asociamos con abrigo, descanso y comodidad.
Entonces, podemos decir que no es un simple antojo, la preferencia por beber algo caliente cuando hace frío tiene una base fisiológica: los receptores térmicos del aparato digestivo detectan la temperatura de los líquidos y pueden modificar temporalmente la percepción del frío y algunas respuestas del organismo, como los escalofríos.

Referencias: Morris, N. B., Filingeri, D., Halaki, M., & Jay, O. (2017). Evidence of viscerally-mediated cold-defence thermoeffector responses in man. The Journal of Physiology. | Morris, N. B., & Jay, O. (2017). Staying warm in the cold with a hot drink: The role of visceral thermoreceptors. Temperature. | Bain, A. R., Lesperance, N. C., & Jay, O. (2012). Body heat storage during physical activity is lower with hot fluid ingestion under conditions that permit full evaporation. Acta Physiologica.
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