Las calaveras de Día de Muertos se han convertido en un símbolo mexicano alrededor del mundo. En muchos países se ha puesto de moda pintarse de catrina para disfrazarse en Halloween e incluso Disney acaba de estrenar una película cuyo tema deriva de esta tradición pero, en realidad se trata de una costumbre que viene de siglos atrás.

El colocar un cráneo sobre un altar se remonta a las culturas indígenas que habitaron nuestro país antes de la conquista española, y no es que fuera morbo, sino todo lo contrario, para ellos se trataba de una forma de honrar a sus muertos, pues en su ideología (al igual que en muchas de las actuales)  la muerte no era el final, sino el comienzo hacia otra vida. Sin embargo, cuando llegaron los españoles estos rituales fueron prohibidos y algunos siglos después se reemplazaron con las de alfeñique.

Alrededor del 1600 en los conventos de Metepec, Toluca, se inició la producción de lo que ahora conocemos como las calaveras de azúcar:  representaciones a pequeña escala de un cráneo humano.

La técnica de elaboración de las calaveritas es muy similar a la de las artesanías de alfeñique – sus materiales básicos son azúcar, clara de huevo, limón y chautle (hecho del bulbo d una orquídea de tierra). Como cualquier otra artesanía su procedimiento es delicado y requiere de paciencia y después de conseguir la mezcla se vacía en un molde para obtener la forma de calavera. Una vez seca se sacan del molde y decoran.

Con el tiempo la elaboración de las calaveras de azúcar también se comenzaron a hacer de chocolate y amaranto, mientras que su decoración se ha mantenido casi intacta, pues con tal de mantener la esencia de recordar y respetar a la muerte, estas pequeñas figuras son adornadas con listones de merengue suizo (un tipo de merengue que se endurece después de su uso).