
Fermentos, especias, salsas intensas, picantes y temperaturas distintas conviven en las mesas coreana y tailandesa y construyen un escenario que, lejos de limitar el maridaje, permite explorar la versatilidad del vino mexicano.
En el territorio nacional ya se contabilizan más de 17 estados productores y una diversidad de terruños, variedades y estilos suficientemente amplia para acompañar sabores que pocas veces se asocian con etiquetas nacionales. Un maridaje que te llevará fuera de tu zona de confort.
Vinos Don Leo: joyas del vino mexicano
De acuerdo con Teresa Rodríguez, sommelier especialista en vino mexicano, la clave está en elegir vinos con buena acidez y un perfil frutal y ligero. En los tintos conviene apostar por vinos jóvenes, taninos amables y una crianza que no domine la copa.
Las salsas picantes y la complejidad de los fermentos pueden encontrar poca armonía frente a un tinto demasiado tánico o marcado por la madera. Blancos, rosados secos y espumosos ofrecen distintas posibilidades frente a frituras, caldos, especias y preparaciones picantes.

Guanajuato más allá de San Miguel de Allende
La conversación sobre el vino guanajuatense suele llevar la mirada hacia San Miguel de Allende, Dolores Hidalgo y Comonfort. Sin embargo, el mapa vitivinícola se extiende más allá.
En el norte de Guanajuato, cerca de los límites con San Luis Potosí, San Felipe alberga Viñedos Pájaro Azul, proyecto detrás de Guanamé. Su sauvignon blanc, fresco y frutal, ofrece otra mirada al mapa vitivinícola del estado.
Su frescura y perfil frutal permiten acompañar la intensidad aromática característica de estas cocinas sin competir con ella.
Un rosado queretano para especias y fermentos
Querétaro ocupa un lugar cada vez más reconocible en el mapa del vino mexicano y, desde marzo de 2025, cuenta con la primera Indicación Geográfica Protegida para vino en México. Incluso dentro de una región familiar, sin embargo, quedan estilos por descubrir.
“Finca Sala Vivé es conocida principalmente por sus espumosos, pero su pinot noir rosado permite mirar hacia sus vinos tranquilos. Seco, fresco y con una expresión frutal definida, encuentra espacio junto a preparaciones coreanas y tailandesas donde conviven especias, salsas y fermentos”, enfatiza Teresa.
La pinot noir conserva aquí una combinación particularmente útil en la mesa: fruta, frescura y elegancia, sin una estructura que opaque al plato. El resultado recuerda que un rosado bien elaborado puede ser profundamente gastronómico y convertirse en una herramienta versátil cuando los sabores comienzan a subir de intensidad.
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Malbec de Zacatecas frente al fuego
La parrilla coreana plantea un reto distinto. Sobre el mismo fuego pueden cocinarse proteínas, cortes y proporciones de grasa diferentes, de modo que el vino necesita suficiente estructura para acompañar la carne sin convertirse en protagonista absoluto.
Zacatecas ofrece una respuesta.
Tierra Adentro se ha convertido en uno de los proyectos que impulsan la identidad vitivinícola del estado. Su malbec Edición Especial 2019 reúne estructura con un tanino sedoso que le permite moverse entre cortes más y menos grasos.
En una parrillada coreana, esa cualidad lo convierte en una especie de comodín. La fruta y la estructura acompañan el carácter de las proteínas, mientras un tanino contenido evita sumar amargor o peso innecesario a las salsas y condimentos que llegan a la mesa.
El maridaje también permite mirar hacia una región que todavía tiene mucho por contar. Salir de las denominaciones y territorios habituales no significa buscar rarezas, sino reconocer que el mapa del vino mexicano se ha ensanchado.

Moscatel y matcha, el reto final
El postre cambia nuevamente las reglas. El matcha aporta una nota vegetal y un amargor característico que puede complicar la elección del vino. Frente a un cheesecake, además, aparece una textura entre sedosa y esponjosa que exige suficiente acidez para limpiar el paladar sin perder de vista el dulzor.
La respuesta apareció en Guanajuato con la mistela de Cuna de Tierra, un homenaje a Juan Manchón y a la herencia vitivinícola española, particularmente catalana, que forma parte de la historia del proyecto.
El carácter aromático de la moscatel lleva hacia notas de naranja confitada y flor de azahar. Su dulzor acompaña al postre, mientras la acidez sostiene el conjunto y el componente cítrico encuentra un punto de encuentro frente al perfil vegetal del matcha.
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Cómo maridar comida coreana y tailandesa con vino mexicano en casa
No hace falta memorizar reglas. Antes de elegir una botella, conviene observar qué sucede en el plato.
Acidez, textura, temperatura, intensidad, picante y dulzor ofrecen mejores pistas que el origen geográfico de una receta. Frente a preparaciones caldosas, fermentadas o picantes, los blancos frescos y los rosados secos son un buen punto de partida. Los espumosos suman otra posibilidad gracias a su acidez y a la sensación que producen las burbujas frente a frituras, especias y texturas grasas.
Si el plato pide tinto, conviene buscar vinos jóvenes, con fruta, taninos contenidos y una madera que permanezca en segundo plano. Cuanto mayor sea el picante, más cuidadosa deberá ser la elección del alcohol, el tanino y la crianza.
Los vinos con dulzor también tienen un lugar. En lugar de reservarlos únicamente para el final de la comida, pueden funcionar frente a determinados niveles de picante, mientras que las cosechas tardías y las mistelas permiten construir puentes con postres de perfiles complejos.
La cocina asiática y la mexicana comparten algo más profundo que el gusto por el picante. En ambas, las especias, los condimentos y las preparaciones de sabores intensos forman parte de una mesa construida por capas.
Quizá por eso el encuentro resulta menos extraño de lo que parece.
Ver preparar una parrilla coreana también permite entenderlo. Las tijeras cortando la carne, las hojas de lechuga listas para formar ssam, los condimentos que entran uno detrás de otro y la atención constante a lo que ocurre alrededor de la mesa forman parte de un ritual. Incluso la copa participa de esa hospitalidad. En Corea, dejar que la bebida de otra persona se vacíe puede romper una de las cortesías que acompañan el encuentro.
El vino mexicano puede entrar en esa conversación sin intentar modificarla. Tiene acidez, fruta, burbujas, taninos, dulzor y, sobre todo, una diversidad de territorios y estilos suficientemente amplia para encontrar su lugar entre fermentos, especias, fuego y picante.

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