La historia de padre e hijo que ayudan a la comunidad de Oaxaca a través de sus rótulos

No sé sabe si pronto terminará la crisis sanitaria por la que atravesamos; pero mientras volvemos a la “normalidad” Rótulos Bautista trabaja desde su trinchera para construir un porvenir optimista.

junio 18, 2021

La historia de padre e hijo que ayudan a la comunidad de Oaxaca a través de sus rótulos

Foto: Juan Pablo Espinosa

Supe de la existencia de Arturo y Giovanni Bautista gracias a un texto escrito por Daniel Brena en un medio de política y sociedad. En las líneas se leía cómo padre e hijo ayudaron a amigos y vecinos en Oaxaca, específicamente en el municipio de Etla a través de sus rótulos en plena contingencia sanitaria. 

En junio del 2020 el presidente municipal dio órdenes de cerrar mercados como el de Porfirio Díaz y la Central de Abasto por ser zonas de alto riesgo a Covid-19. Solo en el estado de Oaxaca, 46,010 se contagiaron de Coronavirus y al día de hoy se registran 3,489 defunciones. Los habitantes de los 570 municipios de la zona y comerciantes se las vieron negras. Hubo quienes por necesidad improvisaron “tienditas” dentro de sus cocheras, y para llamar a los clientes utilizaron cartulinas fosforescentes donde anunciaban sus productos. El 13 de junio de 2020 la onda tropical No. 4 llegó a Oaxaca y con ella se fueron los coloridos señalamientos de los dulces regionales y las carnicerías. Había que hacer algo.

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La llamada

-¿Giovanni?

– Sí

– ¿Cómo están? Gracias por tomar mi llamada

– Nombre, gracias a ustedes

– ¿Te parece si comenzamos? 

– Claro, mi papá no tarda en llegar pero venga…

“Queríamos regalarles algo que les fuera útil y que reflejara la personalidad de los comerciantes, además pensábamos que la pandemia sólo iba a durar un par de semanas y mira”, me dijo Giovanni al teléfono, un chico que imaginé que tendría a lo mucho veinte años. Los comerciantes necesitaban vender su mercancía cuanto antes y el caso de la vecina Alicia Canseco los animó a poner manos a la obra. En “Carnicería Canseco” vendían carne fresca, obtenida de un par de toros que mataban a la semana. El problema es que no contaban con refrigerador para almacenar la proteína y debían saldar esos cortes lo más pronto posible para mantener a flote a la familia. También estaba Doña Gloria, con su negocio de empanadas, la cenaduría de los Ramírez y la tocinería “Los 3 Cochinitos”. Todos ellos, vecinos y amigos de don Arturo y de su hijo Giovanni. Todos intentando hacer frente a la crisis.

Su proyecto de cuarenta comenzó con el encargo a un carpintero de la localidad: marcos de madera de 50 centímetros con dos agujeros en la parte de arriba para colgar los letreros con ayuda de un cordón. Arturo y Giovanni maquilaron doce señalamientos en doce días en la primera tanda. Decoraron los rótulos con listones, con colores que representaran a los negocios, tipografía legible y dibujos juguetones. Comenzaron con las entregas y las primeras reacciones fueron positivas. A los locatarios les conmovió recibir esos anuncios y, según me cuenta Giovanni al teléfono, a manera de agradecimiento les obsequiaron tlayudas, empanadas o tasajo para que se llevaran a casa. La entrevista se interrumpió cuando llegó Don Arturo: “disculpe la tardanza, vengo del taller”, resonó la voz grave de Arturo. Un señor maduro, al que percibí muy trabajador pero con una calma al hablar, que resulta envidiable. “¿Por qué olvidarse de las necesidades de los demás si todos tenemos la posibilidad de ayudar?” me aleccionó. Del otro lado del celular estaba yo. Bebí un sorbo de café ya tibio y me mostré atenta a escuchar la historia de este hombre. 

La creatividad de Arturo comenzó a florecer desde que era pequeño. “Mi padre era panadero pero le gustaba mucho pintar y de ahí lo saqué” No aguantó mucho tiempo en la escuela, su primer trabajo fue en un taller dibujando letras, una habilidad siempre presente en su trayectoria. Formó una familia pero las cosas no iban bien; Arturo trabajó como chofer de camiones  pero el dinero no alcanzaba. Quería bienestar y seguridad para la familia que había formado. Años después se lanzó a perseguir el sueño americano con 8 pinceles envueltos en un pedazo de tela, no más. No se llevó dinero, ni ropa. Llegó a Tijuana, atravesó la frontera y lo regresaron dos veces. Para la tercera (y la vencida) llegó a San Francisco. Durante los primeros días de su nueva vida ubicó una camioneta con la palabra “Sarkis Signs”y se dedicó a buscarla hasta que dio con ella. Con señas, se comunicó con el americano propietario de la empresa para pedirle trabajo y tras un par de exámenes de velocidad con el pincel le ofreció pagarle hasta 12 dólares por hora. El panorama había cambiado, Arturo enviaba cada dólar a su familia y después de un año y medio regresó a casa.

Con su papá cerca, las visitas de Giovanni al taller eran más constantes. De hecho, si despertaba y su papá se había adelantado a trabajar, se enojaba y rompía en llanto. Desde que tenía 6 años practicaba con mantas y lonas hasta que un día sus hermanas lo animaron a estudiar Diseño Gráfico. El maestro Luis Alonso le enseñó caligrafía y todo cambió. Le gustó experimentar con lettering y monogramas. No hubo vuelta atrás. Además de su oficio, el dúo dinámico que compone Rótulos Bautista disfruta de escuchar música, tocar los teclados y la radio. Son un gran equipo, Arturo tiene la experiencia, la sabiduría que solo se da con los años y las técnicas puristas mientras que Giovanni tiene frescura, innovación y mucha chispa.

¿Por qué tenían tantas ganas de ayudar? Después de idas y venidas, pudimos reunirnos en un mismo lugar Giovanni, Arturo su padre y yo.

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El encuentro

En marzo de 2021 tuve la oportunidad de viajar a Oaxaca. Me comuniqué con los Bautista para extenderles la noticia y organizar una visita para conocernos. La suerte estaba a nuestro favor. Una semana después me encontraba desayunando con Giovanni en Boulenc. En tan solo dos horas, su carisma se vio desde dos cuadras atrás. Su carisma se visualizó desde dos cuadras atrás. Todos lo conocen. Él rotuló “Suculenta” la tienda que está a un lado del restaurante. En Oaxaca es muy común ver anuncios de camiones, cruces de difuntos, estéticas y comedores hechos a mano. La señalética es un arte de años atrás que se valora por ser único, es una obra de arte que representa el negocio o noticia a decorar. 

Sus amigos y compañeros de la carrera que pasaban por la mesa aprovecharon para saludarlo en más de una ocasión. Cuando el rollo de estragón, la shakshuka y el croque monsieur que estábamos desayunando se convirtieron en moronas, nos dirigimos a Villa de Etla donde su padre nos esperaba.

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El taller

La mayor parte del espacio se la rentaron a unos conocidos que venden electrodomésticos y muebles mientras que ellos se quedaron con un recuadro y una bodega donde almacenan sus herramientas y una camioneta abollada que esperan arreglar una vez que mejoren las cosas. Enfoqué la mirada y miré al señor Arturo; vestía una camisa, pantalón y saco negro con dos cadenitas de plata. Nos presentamos, saludamos de codo por aquello del Covid y nos embarcamos en un recorrido express por su negocio. “Una vez llegué a mi casa ya cansado de trabajar y vi que había sopa de letras para comer. Me paré y le dije a mi esposa: ¡Ya ni la friegas! Llevo todo el día haciendo letras y veo letras hasta en la sopa”.  El señor soltó la carcajada, Giovanni y yo le hicimos segunda. 

Después de ver el lugar, los dos se dispusieron a hacer lo que más disfrutan y lo que a mi parecer era más bien una danza: rotular. La coreografía de ambos va desde seleccionar el pincel, la precisión al colocarlo en la pintura y deslizarlo sin salirse de los límites. La mano: fija sin temblorina, con seguridad de no errar. Son movimientos delicados, casi como persignar a alguien. En lo que Giovanni decoró con líneas el cartel de “pizzas chingonas”, Arturo metió mano en una pieza de “ricas carnitas”. Dibujó a 3 cerditos con gorro y delantal azul rey. Uno estaba dentro del cazo mientras que los otros meneaban el caldo. Al fondo del salón, llamó mi atención un cuadro que decía “El arte de rotular y dibujar a mano”. 

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En lo que el mundo se reacomoda

Partí de Oaxaca pero me quedé con reflexiones para compartir. La acción desinteresada de regalar rótulos no se quedó ahí. Hubo quienes fotografiaron la pieza para subirla a sus redes sociales e imprimirla en lonas. Otros se animaron a adoptarlo como logotipo y como decoración de la casa. Ellos usan sus manos como herramienta de trabajo y como ayuda a los que más lo necesitan. La crisis nos desborda, es un hecho. Pero es fácil olvidar que cada persona tiene habilidades para apoyar. Dicen que en México el “cangrejismo” no va a modificar conductas. La fábula de la cubeta de cangrejos sin tapa narra que los crustáceos se vuelven tan egoístas que cuando uno empieza a escalar y salir a la superficie, los demás lo jalan.

Aquí sucede todo lo contrario. Mientras volvemos a la deseada “normalidad” los Bautista son un ejemplo de comunidad. Poner sus manos para que alguien más pueda salir a respirar. Construir un futuro mejor para todos con ayuda de nuestras manos un paso a la vez, con lo que se tenga y sin desistir. 

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